Una entrevista a Carmen Ollé en 1983
Por José Antonio Mazzotti
Una entrevista a Carmen Ollé en 1983
Por José Antonio Mazzotti
Carlos Reyes Ramírez y el rescate de Urcututu
Por José Antonio Mazzotti
El jaguar abre los ojos (Lima: Municipalidad Metropolitana de Lima/Lima Lee, 2020), de Carlos Reyes Ramírez (Loreto, 1962), es un notable poemario que acaba de publicar, a fines del año de la pandemia, el programa Lima Lee de la MML. Reafirma y expande lo que ya se sabía de su autor, cuya bio-bibliografía se resume en las primeras páginas del libro y aquí copio:
“Desde la década de 1980 [Carlos Reyes Ramírez] forma parte, junto a Ana Varela y Percy Vílchez, del emblemático Grupo Cultural Urcututu. Además, entre 2007 y 2009, dirigió el Instituto Nacional de Cultura en Iquitos. En 1986 obtuvo el premio Copé de Oro con el libro Mirada del búho. Ha publicado, también, En el mejor de los mundos (2001), Retorno al parque de los pescados (2003), Animal de lenguaje (2011) y Las provincias secretas (2018). Poemas suyos aparecen en antologías diversas: Antología de la poesía peruana (generación del 80), Antología de la Poesía Peruana del Siglo XX, Poetas del Siglo XXI. Antología de Poesía, ¡Más aplausos para la lluvia! y Allí donde canta el viento”.
Esta fecunda trayectoria y la del grupo ochentero Urcututu (nombre de un ave amazónica), surgido en Iquitos, suele pasar desapercibida en los panoramas de la poesía peruana escrita en español, fenómeno común cuando se trata de consignar el corpus que surge fuera de Lima. Pese a que los poetas de Urcututu ostentan importantes reconocimientos a nivel nacional (el premio Copé de Oro para Reyes Ramírez en 1986, el mismo a Ana Varela en 1991, numerosas publicaciones de Percy Vílchez), el centralismo limeño sigue pesando de manera aplastante.
El grupo estuvo vinculado a la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (o UNAP) y publicó seis números de la revista Carachama. A él se sumaron los poetas y artistas Manuel Luna Mendoza, Humberto Saavedra Montalván, Pedro Vargas Rojas y Samuel Coriat Navas. El 2019, Ana Varela, Percy Vílchez y Carlos Reyes Ramírez lanzaron un manifiesto del grupo, expresando su profunda preocupación por el desastre ecológico que viene ocurriendo en la Amazonía y por los derechos de los pueblos originarios amenazados ante el avance del modelo económico neoliberal. Allí se lee: “En apariencia, no hay futuro ni porvenir, y todo parece condenado al fracaso. Por ello, hoy más que nunca, es urgente expandir la dimensión de la esperanza y de la utopía para sostener la vida en un ámbito de respeto mutuo que desafíe el presente. Entonces, es posible, desde este hoy lamentable, desde el fondo de las variadas carencias, avizorar el futuro, donde la poesía cumpla un papel denunciador y proclame la preservación de la belleza y la justicia. Porque el verbo poético, la palabra oral o la escrita en el poema, es una fuente de revelación y de salvación, imaginando así un mundo posible emancipado de sus traumas"
Una forma de paliar el problema del desconocimiento que existe en Lima de este y otros grupos del Perú interior es dar noticia de las publicaciones de sus autores, que en un recuento amplio y heterogéneo de la poesía del país deben estar presentes, junto con las tradiciones en lenguas originarias.
Si bien El jaguar abre los ojos reafirma el estilo conversacional de los libros anteriores de Reyes Ramírez, no por ello deja de mostrar un solvente uso del ritmo y una concepción del poema como totalidad sustentada en su propio universo. La poesía de Reyes Ramírez merece, sin duda, un estudio más detallado. Basta reproducir dos de los poemas del libro para saborear su lenguaje:
BIBLIOTECA DE MADERA EN LA HABITACIÓN
ANIMAL DE LENGUAJE
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El libro completo puede descargarse a través de este enlace:
Los poetas Fredy Amílcar Roncalla, Odi Gonzales y Ch'aska Anka Ninawaman se presentaron la noche del 16 de diciembre del 2020 en el espacio de "La Huaca es Poesía" en recital que puede verse aquí.
Fredy Amílcar Roncalla, Odi Gonzales y Ch'aska Anka Ninawaman
Reproducimos el texto de presentación de José Antonio Mazzotti leído esa noche.
La migración constante de la poesía quechua escrita ha sido definida en por lo menos dos líneas antecedentes: la cuzqueña, más aristocratizante, representada por el gamonal Andrés Alencastre, que solía firmar como Killku Warak’a; y la arguediana, iniciada por el autor de Los ríos profundos desde sus primeras publicaciones de poesía en 1962.
Esta línea, según el especialista Julio Noriega, a quien tuvimos el gusto de escuchar hace unas semanas acá, en "La Huaca es Poesía", ha sido “continuada por tres poetas nuevos: Dida Aguirre, Eduardo Ninamango e Isaac Huamán Manrique” (Noriega, Poesía quechua 30). En todos ellos un tema recurrente es el del viaje en sus distintas dimensiones. El viaje, así, se presenta como el correlato de un tránsito de la subjetividad, que deriva no ya en el triunfo avasallador del migrante sobre la estólida modernidad periférica de la capital, sino en un resquebrajamiento múltiple y desencantado, sin visos de esperanza alguna ante la ferocidad de la discriminación social.
La poesía quechua actual desarrolla también uno de los tópicos más frecuentes, el de la “soledad cósmica”, que en la definición de José María Arguedas se relaciona con el referente inmediato de la partida de un ser amado y la pérdida de conexión con la naturaleza. Es el caso, por ejemplo, de Dora Caballero Hurtado, poeta emigrada al estado de Nueva Jersey, o de Jacinto Ccallo Quispe, o de Gloria Cáceres, o los más recientes Lili Flores Palomino, Flor Alarista, Irma Álvarez Ccoscco, Fredy Roncalla, Odi Gonzales y Ch’aska Anka Ninawaman. A ellos se suman los más jóvenes como Shila Alvarado (Lima, 1987), Jorge Vargas Prado (Perú, 1987), Edison Percy Borda Huyhua (Cusco, 1994), Dominga Taipe Quispe (Huancavelica, 1998) y varios más.
Según el crítico Juan Zevallos Aguilar, nuestros tres invitados de hoy, Fredy Roncalla, Odi Gonzales y Ch’aska Anka Ninawaman, se alejan tanto de la utopía andina como de la utopía neoliberal, proponiendo a través de su propia experiencia transnacional nuevas formas de identidad andina, que no están reñidas con la modernidad.
Nos dice Juan Zevallos que “el distanciamiento de los poetas quechuas de las dos utopías [la andina y la neoliberal] se debe a un nuevo lugar de enunciación que paradójicamente fue creado por la implementación de las políticas neoliberales. Los programas de ajuste económico y mercado libre provocaron el desempleo, pobreza, epidemias, analfabetismo a partir de 1975 con el gobierno de Francisco Morales Bermúdez”. También se dio “una guerra interna a partir de 1980 que desangró al país. Frente a esta situación, la emigración se constituyó como una salida a la crisis".
Del mismo modo, continúa Zevallos, "el multiculturalismo del neoliberalismo a nivel mundial hace posible la emergencia de una nueva poesía quechua. El activismo y gestión cultural quechua de Fredy Roncalla, Odi Gonzales y Chaska Anka Ninawaman se ubican en este nuevo contexto neoliberal que es descrito por la antropóloga María Elena García de esta manera:
Los activistas [en el siglo XXI] han empezado a señalar la emergencia de lo que ellos llaman ‘literatura quechua transnacional’. Subrayan el prestigio internacional y la difusión de su lengua. A la vez, remarcan el incremento del número de intelectuales en los Estados Unidos que se autodefinen como indígenas, andinos o quechuas que han empezado a escribir autoetnografías (Serafín Coronel-Molina) y a desarrollar y examinar conceptos tales como ‘archipiélagos andinos’ (como el propio Zevallos 2002) y poesía andina postmoderna (como Fredy Roncalla 1998)" (García 2005, 147).
Nuestro primer poeta de hoy es Fredy Amílcar Roncalla Fernández. Nació en Chalhuanca, Apurímac, en 1953. Es artesano, traductor y escritor independiente y vive desde hace décadas en el área de Nueva York. Ha publicado poesía, prosa y ensayo sobre temas relacionados a poéticas indígenas y originarias tanto en quechua, español e inglés. Dirige la revista virtual https://hawansuyo.com/. Entre sus libros se cuentan Mayum Kani / El Rio de Javier Heraud versión en quechua (1977), Canto de pájaro o invocación a la palabra (1984), Escritos mitimaes: hacia una poética andina postmoderna (1998), Hawansuyo Ukun Words (2016), Revelación en la senda del Manzanar: homenaje a Juan Ramirez Ruiz (2017), Huambar poetastro acacautinaja. Juan José Flores, en edición facsimilar (2019) y Muyurina y el presente profundo: poéticas andinas y amazónicas (2020).
Nuestro segundo poeta es Odi Gonzales, nacido en el Cuzco en 1962, quien además es traductor, estudioso de la tradición oral quechua y profesor universitario en Perú y Estados Unidos. Mereció el Premio Nacional de Poesía César Vallejo 1992 y el Premio de Poesía de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima. Ha publicado los libros de poesía Juego de niños (1989), Valle Sagrado (1993), Almas en pena (1998), Tunupa/El libro de las sirenas (2002), La escuela de Cusco (2005), Valle sagrado/Almas en pena (2008, 2da. edición), Avenida sol/Greenwich Village (2009), Ciudad [c]oral (2017). Asimismo, tiene los libros de investigación El condenado o alma en pena en la tradición oral andina (1995), Taki parwa: 22 poemas quechuas de Kilku Warak’a (2000), Elegía Apu Inka Atawallpaman. Primer documento de la resistencia Inka (siglo XVI) (2014), Walaycho Qorilazo. Memoria oral quechua en los Andes (2017); Quechua, Spanish, English Dictionary (2018). Traducido al inglés por la poeta norteamericana Lynn Levin, su libro de poesía La Escuela de Cusco/Birds on the kiswar tree fue publicado en Nueva York (2Leaf Press, 2014). Desde el año 2008 es profesor de Lengua y Cultura Quechua y de Antropología Lingüística Andina, en New York University.
Por último, o como se suele decir, last but not least, tenemos a Ch’aska Anka Ninawaman, también del Cuzco, que ha publicado los poemarios en quechua-español Tikachumpicha (2012), Ch’askaschay (2014); y el poemario en quechua altoandino K’ana Taqi mama (2015). También tiene varios libros de cuentos basados en la tradición oral, en versión trilingüe quechua-francés-español: Viejito pero bien mañoso (2017), Pájaros enamorados y galantes (el 2019), Les mumurmures Ch’askascha (su tercer libro trilingüe).
Se define a sí misma a través de canto y la poesía, en estas palabras:
“Soy mujer quechua de la nación k’ana […] La noche en que nací irrumpieron en la choza tres Eminencias: tata Qurupuna, el nevado más poderoso de mi región, la abuela Hap’achi, potencia de los tejidos y el tutelar de mi pueblo, Apu Torre Waychu, poeta y cantor. Sacudieron sus alas de cóndor y me infundieron sus potencias en la laguna-occipital de mi cabecita. Tata me concedió su llave de cuentero; la abuela, la illa-resplandeciente de los hilos y el poeta-cantor encantó mis cuerdas vocales con una antarita. Cuando la ceremonia había terminado apareció la dueña del sabor, la tía abuela Añas-zorrino, que me entregó su olla de barro. Desde entonces los cuatro soplos me habitan y me atrapan.
Mi padre fue un coca-camayuq, el encargado de repartir las hojas de coca en las ceremonias rituales en honor a sus Eminencias. Yo y mis hermanos siempre le acompañábamos, y así fui impregnándome de las historias que se contaban por aquellos lares sobre los dueños y las dueñas de las cascadas, manantiales, quebradas y cerros. De vuelta de aquellos viajes, mi bultito de cuentos estaba rebosante; mi madre, una experta tejedora-cuentera y ahora dibujante y escritora, me ayudaba a rehilarlos a la luz de la luna, “Imallayki-hayk’allayki / desgrana tus cuentitos”, me decía.
Un día “¡raqaq!”, reventaron las balas en mi territorio, la guerra por nuestra tierra había empezado. Los manantiales, los cerros y las quebradas habían sido cedidos por el Estado a las compañías mineras. “Eres el ojo del agua que busca su propio cauce”, me dije antes de abandonar mi tierra a los siete años.
“Chola ignorante, patas de cóndor”, insultos como este por parte de mis patrones, me llevaron a trazar un nuevo camino y me hice un juramento: “Aprenderé a leer y escribir”. Desde entonces, cantando y soñando, fui asimilando la lectura y la escritura. Y dado el momento señalado empecé a defender mi tierra atreves de mis palabras y poemas, revindico la madre agua y las cascadas, los nevados y las aves, los vegetales y la madre coca.
Volando y volando me hice licenciada en Lenguaje y Literatura, Volando y volando obtuve un master de Antropología, volando y volando logré un doctorado en Ciencias Sociales.
Pero en verdad, los soplos que me atrapan son mis cantos y mis poemas, mis manos de tejedora también urden y dibujan”.
Una entrevista de Sixto Sarmiento a la filósofa española Elena Zurrón Rodríguez a propósito de su reciente antología comentada Poetas peruanos de la generación del 60 (Salem, Oregon: Axiara Editions, 2020)
“Vallejo es el antecesor de todos ellos porque se enfrentaba a la condición humana y expresaba el sentimiento humano y atemporal”
Este libro es la más reciente antología comentada de la generación de poetas del 60. Resalta su riqueza literaria por la amplitud de los poetas antologados de quienes muestra rasgos comunes así como reconoce su independencia y diversidad.
¿Cómo se te ocurrió escribir la Antología sobre los poetas peruanos de la generación del 60?
En un primer momento fue la elección de la Generación del 60 para realizar una tesis doctoral y después esta antología ha venido determinada por el “hueco” encontrado en el estudio de la poética de esa década y por las aportaciones de este grupo a la literatura y a la poesía peruana. Mi interés por estos poetas peruanos nace entre otras cosas para reconocer el importante rol innovador llevado a cabo por la Generación del 60 dentro de la poesía peruana.
Son varias las antologías que han mostrado la poesía de los años 60. ¿Qué hay de novedad en esta antología que estás presentando en estos momentos en el Perú?
He querido resaltar los poemas y a veces fragmentos de poemas ya que al ser tantos los poetas estudiados me ha sido del todo imposible hacer una relación exhaustiva de la producción poética de todos y de cada uno de ellos. Por esta razón quizás este libro no es una antología tradicional, es una antología comentada, cercana al ensayo.
Observo que en la Generación del 60 has incluido a poetas de la llamada generación del 68 y de la posterior del 70.
En el Perú surgieron y sobresalieron poetas y escritores con pretensiones generacionales, la llamada Generación del 60 que está integrada por poetas nacidos a mediados de los años 30 y durante los años cuarenta y cincuenta.
He integrado en esta antología a poetas considerados por grandes críticos literarios como José Miguel Oviedo en “Estos 13” como componentes de generaciones posteriores del 68 y del 70. Entre los poetas destaca a Antonio Cillóniz, José Watanabe, Abelardo Sánchez León, Elqui Burgos y Enrique Verástegui e igualmente integro en esta Generación a poetas como Rosina Valcárcel, Jorge Pimentel, Eduardo Arroyo o Gloria Mendoza Borda ya que en realidad las llamadas generaciones poéticas son el reflejo de las sociedades y se considera que las personas que han nacido en un lapso de tiempo de quince años pertenecen a un mismo entorno económico, social, político y cultural y por lo tanto a la misma generación.
El caso de Antonio Cillóniz es muy ilustrativo ya que en 1972 desde España participa en la vida cultural de Lima en una serie de entrevistas sobre poesía peruana en La Prensa de Lima titulada “La variedad de las voces poéticas de la poesía peruana”. Estos artículos son de sumo interés por haber sido publicados en los años 70, en un momento crucial de la Generación del 60 y por las opiniones vertidas por los propios poetas y afirma Cillóniz que la poesía de esos años se caracteriza por haber alcanzado las cotas más altas de calidad por su variedad de voces al mismo tiempo que señala que para él las voces más interesantes de la poesía en lengua española se “escuchan” en el Perú y en España.
Los poetas de la generación del 60 ¿Qué tradición poética, ideológica y cultural recogen?
Los poetas de la Generación del 60 recogen la tradición poética ideológica y cultural de las vanguardias de los años 30 y 40. Los principales poetas como Vallejo y Eguren, junto a César Moro, Oquendo de Amat y Martín Adán son las figuras admiradas que influyeron de manera decisiva en estos jóvenes poetas de la neo-vanguardia peruana. En los años sesenta se empezó a ver a Vallejo con más perspectiva y se recuperó parte de su estilo transformándolo en una poesía nueva, humana, cercana y a veces intima. Vallejo es el antecesor de todos ellos porque se enfrentaba a la condición humana y expresaba el sentimiento humano y atemporal, perspectivas que la Generación del 60 asume como suyas. Washington Delgado, Gonzalo Rose, Alejandro Romualdo y Eielson sirven de puente de unión entre las vanguardias de los años 30 y 40 y la Generación de los 60.
En tu Antología señalas varias vertientes ¿Cómo has definido las diversas corrientes?
En la generación del 60 hay una corriente auténticamente revolucionaria que parte directamente de los escritos con sustratos comunistas de Mariátegui y que se acercó a Cuba y a su revolución como símbolo de lucha y con el deseo de conseguir una América más justa. Podemos contar en este grupo con Javier Heraud, Rosa del Carpio, Reynaldo Naranjo, Juan Cristóbal, Livio Gómez, Hildebrando Pérez Grande, Mario Razzetto, Julio Nelson, Ángel Avendaño, Pedro Morote y Sergio Barrio Tarnawecki. Entre los poetas mágicos integramos a Arturo Corcuera, Manuel Pantigoso y L. Tamaral. Esencial es la influencia de la poesía anglo-sajona de Eliot y Ezra Pound, los poetas son autores que “experimentan” tanto en su estilo poético como en sus contenidos: Rodolfo Hinostroza, Antonio Cisneros, Marco Martos, Luis Hernández, Mirko Lauer y Abelardo Sánchez León. Entre los antecedentes de los “poetas del desgarramiento” se encuentran Blanca Varela, Washington Delgado y Carlos Germán Belli y se pueden integrar en esta corriente a poetas de la Generación del 60: Juan Ojeda, Rosina Valcárcel, Jorge Pimentel. José Watanabe, Mª Emilia Cornejo y Enrique Verástegui. Los poetas del amor y de la familia están encabezados por el poeta César Calvo y forman parte de este grupo Winston Orrillo, Ricardo Silva Santisteban, Carmen Luz Bejarano, Iván Rodríguez Chávez e Irene Vegas García. Entre los poetas andinos he clasificado en este grupo a Gloria Mendoza Borda, José Luis Ayala y Manuel Ibáñez Rossaza.
ELENA ZURRÓN RODRÍGUEZ (España). Doctora en Filosofía y letras por la Universidad de Alicante y especializada en Historia del Arte por la Universidad Autónoma de Madrid.
La antología “Poetas peruanos de la generación del 60” Ha sido editada en Estados Unidos.
Lima, 25 de diciembre de 2020.
NORMALIZANDO LA DIATRIBA
Por José Antonio Mazzotti
Una persona que desconocía hasta hace poco, la socióloga Teresa Cabrera, ha justificado recientemente los insultos de Blanca Varela contra mi persona y otros (incluidos el ya finado y querido Eduardo Chirinos y el narrador Iván Thays) en una entrevista que le hicieron a la poeta en el primer número de la revista de pintoresco nombre Casa de citas en marzo del 2005. (La entrevista puede leerse aquí).
Lamentablemente, el artículo de Cabrera, "Viejas locas: Blanca Varela, autorización y desvarío", del 7 diciembre del 2020 en la nueva publicación virtual de nombre laperiódica, dista mucho de ser un ejercicio solvente de crítica cultural y solo normaliza algunas de las taras ideológicas que emanan de la misma entrevista. Pronto veremos por qué. [El artículo de Cabrera puede leerse completo más abajo, ya que las editoras de laperiodica lo han eliminado –sospechosamente– de la web].
Me gustaría contestar con la misma extensión las muchas páginas de Cabrera, pero son tantas las fallas de documentación, las exageraciones y las generalizaciones en las que incurre que me limitaré a unos cuantos puntos para demostrar su inconsistencia.
Su argumento central se resume en que Blanca Varela “raja” de mí en la mencionada entrevista como una reacción defensiva en favor de un grupo de poetas mujeres del 80, en noble gesto de “sororidad, como dicen las chicas ahora”, según concluye Cabrera. Los ataques de Varela se derivarían de una breve declaración mía en una entrevista periodística de marzo del 2004 que me hizo el poeta Maurizio Medo en la revista Brújula n. 3, que Cabrera ni siquiera cita directamente, sino a través de un par de fragmentos descontextualizados por Bethsabé Huamán Andía en una feble tesis de maestría sobre estudios de género hecha en México el 2007.
Pero ocurre que esa declaración mía difundida por Huamán solo desarrolla una nota al pie en el prólogo de la antología El bosque de los huesos, publicada en México en 1995, es decir, diez años antes de la entrevista a Varela y doce de la referida tesis. Basada únicamente en una fuente recortada de segunda mano, Cabrera sostiene que una “Carta abierta de las escritoras peruanas” contra el “racismo de género” (?) del 11 abril del 2005, así como las mencionadas declaraciones de Varela en Casa de citas, son una consecuencia directa de la entrevista de Medo de marzo del 2004, exactamente un año antes. Sin embargo, como señalo, el fragmento citado por Huamán es una simple paráfrasis de una nota al pie de 1995, que critica explícitamente a uno de los periodistas de Caretas responsables de la campaña de “terruqueo” que se hizo a varios poetas del 80 tras la caída de Abimael Guzmán el 12 de setiembre de 1992. Ese periodista (dizque narrador del grupo Macho Cabrío) había sido pareja de una poeta aludida en la nota al pie y amigo personal de las poetas redactoras de la “Carta abierta”. Sus alabanzas espumosas de esa producción poética están bien documentadas. Un poco rara, entonces, la cronología que maneja Cabrera, pues ¿por qué no escribieron entonces, en el 95, la “Carta abierta” las poetas que se daban por ofendidas? ¿Y por qué Varela no reaccionó entonces? ¿O al menos en marzo del 2004?
Pues lo que le falta a Cabrera en esta teleología es una pieza fundamental, que ignora o deliberadamente oculta: la polémica que sostuvimos a principios de marzo del 2005 la poeta Mariela Dreyfus y yo en el suplemento Identidades del diario El Peruano a propósito de la antología La letra en que nació la pena, de Maurizio Medo y Raúl Zurita. En ella (¡oh sorpresa!) Dreyfus no había sido incluida. Fue a partir de esa polémica (una serie de soflamas de parte de Dreyfus, más bien, como llamar “Pedo” a uno de los antologadores) que esta y Rocío Silva-Santisteban (tampoco incluida en la antología) redactaron y circularon la “Carta abierta” tres semanas después.
Hay que añadir, además, el contexto político inmediatamente anterior. En setiembre del 2003 algunos escritores de grupos rivales (los mismos de Caretas el 92) me acusaron de simpatizante de Sendero Luminoso en el suplemento Somos del diario El Comercio. ¿El motivo? Mi libro Poéticas del flujo: migración y violencia verbales en el Perú de los 80 (2002), en el cual analizo, sin prodigar flores, y entre otras, a las poetas redactoras de la “Carta abierta” y no incluyo a sus defensores (los susodichos periodistas de Caretas, ya pasados a Somos) como objeto de estudio. Una de esas poetas analizadas en mi libro hasta se animó a copiar y repartir la basca de Somos de manera alegre en medios académicos norteamericanos con evidente sevicia. Escritores como Eduardo González Viaña dieron cuenta de la patraña.
Tanto mi nota de 1995 como su paráfrasis del 2004 forman parte de una larga disputa (en el fondo política y hasta con tinte policial, como se puede ver) que Cabrera simplemente obvia. Por eso siempre es bueno llegar al fondo de la investigación. Si Cabrera hubiera escrudriñado mejor, se habría enterado también de que a la “Carta abierta de las escritoras peruanas” del 2005 respondieron numerosos intelectuales y poetas (hombres y mujeres) con otra “Carta de la Nueva Minoría Literaria” el 18 de abril de ese mismo año. Entre otras cosas, ahí se decía que “las declaraciones periodísticas en entrevistas […] representan el ejercicio de una libertad de expresión siempre personal y en dinámicas de polémicas específicas con unas pocas de las firmantes [de la “Carta abierta”], sin olvidar que, de su lado, han esgrimido insultos desde tiempos inmemoriales (‘Kloaka es un aborto de Hora Zero’, ‘pulgas de la academia’, ‘pedos’ humanos, 'chacras ridículas en el orden simbólico de lo literario', entre otros ejemplos) y lo siguen haciendo, como su carta abierta y diversas publicaciones demuestran”.
Todo esto fue publicitado y difundido en revistas como la ya mencionada Caretas (que se refirió a la “Carta abierta” como una evidencia de que las “escritoras ejercen el derecho al pataleo”) y diarios como La República, en que el crítico Abelardo Oquendo calificó el “match” como un penoso empate entre “Ellos & Ellas”. La Caretas de 1992 era distinta de la del 2005, pues, como digo, ya esos redactores se habían pasado a Somos, donde interposita persona pergeñaron el detrito, siguiendo su campaña de difamación.
Las peleas literarias de mi generación se remontan al mismo año (1980) que marcó sangrientamente la vida de los peruanos y los distanció políticamente, cuando Cabrera ni siquiera había nacido, e incluso antes. Es claro que casi todo lo recibe reciclado; casi nada de ese intenso debate literario y político lo ha vivido en persona, salvo las quejas de sus amigas poetas, que cuando insultan quieren pasar por víctimas, pero cuando se les responde, invocan la autoridad de la abadesa.
Que yo exprese mi opinión sobre la poesía de algunos y algunas autores del 80 es un derecho inalienable (algunas me parecen notables, otras efectistas y panfletarias). Que yo llame “desvaríos” y “estupideces” (en un post personal y comentarios de Facebook el 14 de julio de este 2020) a las declaraciones de Varela del 2005 es una réplica simplificada, más que a sus insultos (pues la poeta ya está muerta y no me interesó ocuparme del asunto en su momento), a los oportunistas y desinformados literatos que aún los repiten hoy, sin saber en qué se meten. Me parece de una bajeza insondable, como le escribí a uno de esos anélidos, seguir manchando –después de quince años– la memoria de Eduardo Chirinos tan frívolamente. “Desvaríos” termina siendo un eufemismo para calificar el clasismo insomne, la prepotencia y las taras ideológicas de una poeta consagrada que malhablaba desde un poder establecido y excluyente.
Pues, ¿por qué incluiría Blanca Varela a Eduardo Chirinos en su defensa de las “sororas”, llamándolo “hijo de militar” (vaya argumento clasista), “pulga” y “deshonesto”, lo mismo que a mí, cuando Eduardo jamás había opinado sobre la poesía de las mujeres del 80? ¿Dónde está la coherencia del argumento de Cabrera: vilipendiar a Chirinos era desagraviar a las “sororas”? ¿Y lo de Iván Thays “adulón”? Como diría el recordado Toño Cisneros, “esa rueda se atraca”. Y hay más: si le parecía a Varela que “todas las mujeres son putas” como declaró solemnemente para identificarse con la poesía de María Emilia Cornejo y Carmen Ollé, ¿no cree Cabrera que doña Blanca estaba incurriendo en una flagrante generalización? Hay que ser muy ciego (o muy cínico) para no darse cuenta.
Peor aún: Cabrera insinúa que al referirme yo a los “desvaríos” de Varela la estoy llamando “vieja loca” y, por extensión llamo “viejas locas” a todas las ancianas de la tierra (y, de paso, “impulsivas” a las jóvenes y “paranoicas” a las adultas) en incontestable despliege de “machiruleo” digno de cargamontón. En un exceso de imaginación, señala que estaríamos frente a "una piadosa evolución de lo recomendado ante estos casos en el s. XIX: llévenla al manicomio o quémenle la imprenta". Convertido en semejante caricatura, hasta yo me “escracharía”.
Si realmente Cabrera y sus co-editoras creen tal embuste, me temo que nos encontramos ante un caso curioso de inseguridad personal y literaria o, como se diría en buen castellano, una carencia de correa de proporciones legendarias. Y no me refiero con esto a todas las mujeres, por supuesto. Los que me conocen de cerca (a Cabrera jamás la he visto en mi vida, menos conversado con ella) lo saben perfectamente. Encarezco la fortuna de haber tratado a numerosas y maravillosas mujeres a lo largo de mi vida, por las cuales guardo un profundo afecto, respeto y admiración. Mi directora de tesis doctoral fue una mujer. En los proyectos editoriales que coordino siempre hay mujeres de primer nivel intelectual. Cada vez que puedo, estudio y difundo la obra de poetas y críticas mujeres de descollante valía (y hay muchas). Me refiero ahora solamente a la despistada autora del engendro que motiva estas líneas y a sus co-editoras, de las cuales hay historias de intercambios de ataques (públicos y privados, propios de las “guerritas” literarias) que espero la redactora investigue con mejor suerte la próxima vez. De ninguna manera representan ellas ni las poetas supuestamente agraviadas “la voz pública de las mujeres”, como proclama Cabrera con supina arrogancia, hablando por media humanidad.
A lo largo de mi carrera (ya son cuarenta años) he apostado por la creación de espacios de discusión que puedan alojar la heterogeneidad de nuestra comunidad intelectual, tanto en términos de género como también de raza. Basta mencionar la apertura de la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana y de la Asociación Internacional de Peruanistas, sus congresos y publicaciones, para comprobar que ahí no hay ninguna agenda de exclusión de poetas e intelectuales de ningún tipo, sino todo lo contrario. El artículo de Cabrera termina siendo un nuevo intento de un grupito de autores y autoras por desprestigiar ese trabajo que siempre ha buscado construir un país menos racista y clasista de lo que es, denunciando los lobbys literarios (sin distinción de género), tan propios del “emprendedurismo” neoliberal y tan afectos a callarse la boca cuando de premios, ediciones y subvenciones se trata.
Una prueba más de ello ha sido mi urticaria mención el 14 de julio del 2020 de que Varela recibió una medalla del Congreso de la República en octubre del 2007 por gestiones de las promotoras de la “Carta abierta”, nada menos que de manos de Luis González Posada, presidente del Congreso de mayoría aprista durante el segundo gobierno del genocida Alan García Pérez. Cuando este tristemente célebre personaje fue presidente del Perú por primera vez entre 1985 y 1990, González Posada era su ministro de Justicia, es decir, estaba directamente implicado en la masacre de cerca de 300 presos políticos de los penales de Lurigancho, El Frontón y Santa Mónica el 19 de junio del 86. Ahí va la coherencia política de las turiferarias. Y si es cierto lo que comenta una de las co-editoras de laperiódica, Violeta Barrientos, de que esa medalla Varela "la recibió cuando ya ni hablaba o se daba cuenta", tanto peor para sus alabanceras, que en ese momento no “desvariaban”, que se sepa.
laperiódica le debe una disculpa, no a mí, pues eso me importa muy poco, sino a la comunidad cultural peruana por normalizar ideologemas absolutamente inaceptables en las expresiones de Varela: por ejemplo, la discriminación sexista (la infeliz y cacareada frase “todas las mujeres son putas”), la clasista (“hijo de militar”), la homofóbica (Luis Cernuda es “marica”), la antisemita (Alejandro Toledo “es más judío que indígena” –por su ambición personal–) y la racista (“el indígena está corrompido porque aspira a cosas que no son de él, aspira a algo que no le corresponde”, o sea, el poder político, el bienestar económico, se entiende, cuando Varela habla de Alejandro Toledo, a quien llama “un indio, un cholo”; o sus risas contra el afrocubano Nicolás Guillén, burlándose de la sonoridad del habla afro y la calidad literaria de Sóngoro Cosongo). Sin olvidar, claro, su hoy celebrado (por algunas de sus admiradoras) poema racista “Muchachita negra”, ya desde 1945. (Un análisis de ese texto por la poeta y activista afroperuana Mónica Carrillo se encuentra aquí; también Giancarla Di Laura se viene ocupando del tema desde el 9 de agosto en su página de Facebook, como se indica más arriba). En suma, la “corrección política”, que tanto parecen reclamar, se les fue por la borda.
Lamento, pues, decir con ajeno bochorno que en la entrevista del 2005 Varela recurre a la trillada estrategia de la “risita limeña”, o sea, a denigrar a quienes solo intentamos hacer lo mejor por el Perú al asumir posturas claramente críticas del “establishment” cultural, aupado desde siempre a los aparatos de un poder oficial profundamente discriminador y corrupto. Y lo hace, por añadidura, con alcohol de por medio, según se revela en los subtítulos de la entrevista ("Primeros tragos", "Open Bar"), cosa que confirma Mario Vargas Llosa para otras ocasiones, de acuerdo con la propia Cabrera, pues hablaba "ayudada por un par de whiskies para vencer su timidez". Usar la “sororidad” como excusa para normalizar la diatriba y desviar la atención sobre el carácter político (y de tinte policial, recordemos) de este debate les hace flaco favor a las justas causas por la igualdad estructural de hombres y mujeres. Mejor hubiera sido dejar todo este asunto en simples "desvaríos" y no dignificarlo de manera tan penosa. Obviamente, nada de esto invalida la obra poética de Varela en sus libros publicados, pero sí revela mucho de su ideología (al menos en la entrevista) y de las prácticas periodísticas de algunas varelianas por justificarla.
Trabajemos juntos, estimadas colegas, y dejemos las generalizaciones que tergiversan los hechos y confunden a los desinformados. Hay amplísima documentación más sobre el tema, que ya lleva cuarenta años de vida y me guardo por ahora, pero creo que todos tenemos mejores cosas que hacer que seguir rizando el mismo rizo eternamente. A menos que insistan en el “miente, miente, que algo queda” para seguir ocultando antiguas responsabilidades y agendas contemporáneas. Sinceramente, espero que no.
Feliz Navidad, por un Perú más justo y menos discriminador.
Boston, 23 de diciembre del 2020
EL PSIQUIATRA DE KLOAKA
Por José Antonio Mazzotti
(publicado en su página personal de Facebook el 1 de agosto del 2020)
En la foto: el psiquiatra Guido Mazzotti Suárez (al centro, de camisa celeste) rodeado de los poetas Dalmacia Ruiz-Rosas, Domingo de Ramos, Róger Santiváñez y el músico Piero Bustos, Lima, 1995. “Disclaimer”: no necesariamente sus pacientes.
Una tarea pendiente en el estudio de la poesía peruana es su relación clínica con el mundo de la locura. No me refiero al lugar común que reza “de músico, poeta y loco, todos tenemos un poco”, sino concretamente a aquellos casos de extrema sintomaticidad que pueden diagnosticarse con algunos de esos nombres ya comunes como esquizofrenia, psicosis o trastorno bipolar (antes llamado síndrome maníaco-depresivo). El tema es peliagudo y sensible, pues cualquier persona que sufra de alguna de esas condiciones es inmediatamente estigmatizada por la sociedad y pasa a enfrentar un infierno de abandono, incomprensión, humillación, encierro o descarnada represión. En la mayoría de los casos se apela a fármacos para ayudar en algo a paliar su “mal”, casi siempre ligado a un sufrimiento inenarrable.
Casos ha habido en la poesía peruana como los de Guillerno Chirinos Cúneo, Martín Adán (famoso por su encierro voluntario en el hospital Larco Herrera, alegando que los verdaderos locos “estaban afuera”) y otros que, en un extremo de depresión, optaron por el suicidio. En el caso de la poesía más reciente, el tema está por explorarse.
Traigo estas ideas a colación porque hoy, 1 de agosto, se cumplen quince años de la muerte del Dr. Guido Mazzotti Suárez, personaje muy recordado en su familia (era tío mío en segundo grado), pero poco reconocido en su relación con la literatura peruana. En el mundo de la psiquiatría brilló por sus precoces logros, y de ello sin duda podrán dar testimonio sus colegas y pacientes, tanto de la Universidad Cayetano Heredia como de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore. Pero lo que pocos saben es que “el primo Guido”, como cariñosamente lo llamábamos, tuvo una y otra vez la inmensa generosidad de tratar a muchos poetas de los años 80. En esos tiempos de extrema violencia, incertidumbre, drogadicción e intoxicación, los poetas, como “torres de Dios” (Darío dixit), acusaban recibo en su propia salud mental del estado de ánimo preponderante en el país. La contraparte de ello son los libros y poemas que han quedado, dando cuenta del caos y la intensidad fulgurante de aquel fin de siglo peruano. Sin embargo, los poetas necesitaban mantener un mínimo de estabilidad espiritual para poder construir su obra. Y ahí era donde Guido cumplía una función salvadora.
Sólo quise mencionar el caso en recuerdo del gran amigo y profesional que fue “jalado” por un cáncer pulmonar a la prematura edad de 41 años, el 1 de agosto del 2005. Cuando nuestra crítica literaria salga de sus casillas (cosa recomendable en algunos casos) se podrá ver mejor esa relación interdisciplinaria entre poesía y psiquiatría y valorar en sus múltiples dimensiones un fenómeno cultural que tiene aún mucho que decir. Los papeles de Guido están ahí para probarlo. Mientras tanto, y como decía Lucho Hernández, “Dios ponga cabe a nuestras lágrimas”. Desde arriba, sin duda, Guido nos está mirando.
Y pese a todo, triunfa el amor. Sobre Cielo exhausto , de Juan José Soto, palabras prologales. Por José Antonio Mazzotti Este libro del poe...