Wednesday, December 23, 2020

MATERIALES PARA LA HISTORIA DE LA POESÍA PERUANA XIV: NORMALIZANDO LA DIATRIBA

NORMALIZANDO LA DIATRIBA 

Por José Antonio Mazzotti



Uno de los grupos formados en la Generación del 80: los "Tres Tristes Tigres" 
(Raúl Mendizábal, José Antonio Mazzotti y Eduardo Chirinos).


Emblemática foto de los integrantes del "Movimiento Kloaka" en su etapa inicial. Encima del coche aparecen Mary Soto, Domingo de Ramos, José Alberto Velarde, Róger Santiváñez y Mariela Dreyfus. Parados: Edián Novoa y Guillermo Gutiérrez.


Algunas poetas representativas de la Generación del 80. De izquierda a derecha: 
Dalmacia Ruiz-Rosas, Tatiana Berger, Mariela Dreyfus, Patricia Alba y Rocío Silva-Santisteban.


Una persona que desconocía hasta hace poco, la socióloga Teresa Cabrera, ha justificado recientemente los insultos de Blanca Varela contra mi persona y otros (incluidos el ya finado y querido Eduardo Chirinos y el narrador Iván Thays) en una entrevista que le hicieron a la poeta en el primer número de la revista de pintoresco nombre Casa de citas en marzo del 2005. (La entrevista puede leerse aquí).

Lamentablemente, el artículo de Cabrera, "Viejas locas: Blanca Varela, autorización y desvarío", del 7 diciembre del 2020 en la nueva publicación virtual de nombre laperiódica, dista mucho de ser un ejercicio solvente de crítica cultural y solo normaliza algunas de las taras ideológicas que emanan de la misma entrevista. Pronto veremos por qué. [El artículo de Cabrera puede leerse completo más abajo, ya que las editoras de laperiodica lo han eliminado –sospechosamente– de la web].

Me gustaría contestar con la misma extensión las muchas páginas de Cabrera, pero son tantas las fallas de documentación, las exageraciones y las generalizaciones en las que incurre que me limitaré a unos cuantos puntos para demostrar su inconsistencia.

Su argumento central se resume en que Blanca Varela “raja” de mí en la mencionada entrevista como una reacción defensiva en favor de un grupo de poetas mujeres del 80, en noble gesto de “sororidad, como dicen las chicas ahora”, según concluye Cabrera. Los ataques de Varela se derivarían de una breve declaración mía en una entrevista periodística de marzo del 2004 que me hizo el poeta Maurizio Medo en la revista Brújula n. 3, que Cabrera ni siquiera cita directamente, sino a través de un par de fragmentos descontextualizados por Bethsabé Huamán Andía en una feble tesis de maestría sobre estudios de género hecha en México el 2007. 

Pero ocurre que esa declaración mía difundida por Huamán solo desarrolla una nota al pie en el prólogo de la antología El bosque de los huesos, publicada en México en 1995, es decir, diez años antes de la entrevista a Varela y doce de la referida tesis. Basada únicamente en una fuente recortada de segunda mano, Cabrera sostiene que una “Carta abierta de las escritoras peruanas” contra el “racismo de género” (?) del 11 abril del 2005, así como las mencionadas declaraciones de Varela en Casa de citas, son una consecuencia directa de la entrevista de Medo de marzo del 2004, exactamente un año antes. Sin embargo, como señalo, el fragmento citado por Huamán es una simple paráfrasis de una nota al pie de 1995, que critica explícitamente a uno de los periodistas de Caretas responsables de la campaña de “terruqueo” que se hizo a varios poetas del 80 tras la caída de Abimael Guzmán el 12 de setiembre de 1992. Ese periodista (dizque narrador del grupo Macho Cabrío) había sido pareja de una poeta aludida en la nota al pie y amigo personal de las poetas redactoras de la “Carta abierta”. Sus alabanzas espumosas de esa producción poética están bien documentadas. Un poco rara, entonces, la cronología que maneja Cabrera, pues ¿por qué no escribieron entonces, en el 95, la “Carta abierta” las poetas que se daban por ofendidas? ¿Y por qué Varela no reaccionó entonces? ¿O al menos en marzo del 2004?

Pues lo que le falta a Cabrera en esta teleología es una pieza fundamental, que ignora o deliberadamente oculta: la polémica que sostuvimos a principios de marzo del 2005 la poeta Mariela Dreyfus y yo en el suplemento Identidades del diario El Peruano a propósito de la antología La letra en que nació la pena, de Maurizio Medo y Raúl Zurita. En ella (¡oh sorpresa!) Dreyfus no había sido incluida. Fue a partir de esa polémica (una serie de soflamas de parte de Dreyfus, más bien, como llamar “Pedo” a uno de los antologadores) que esta y Rocío Silva-Santisteban (tampoco incluida en la antología) redactaron y circularon la “Carta abierta” tres semanas después. 

Hay que añadir, además, el contexto político inmediatamente anterior. En setiembre del 2003 algunos escritores de grupos rivales (los mismos de Caretas el 92) me acusaron de simpatizante de Sendero Luminoso en el suplemento Somos del diario El Comercio. ¿El motivo? Mi libro Poéticas del flujo: migración y violencia verbales en el Perú de los 80 (2002), en el cual analizo, sin prodigar flores, y entre otras, a las poetas redactoras de la “Carta abierta” y no incluyo a sus defensores (los susodichos periodistas de Caretas, ya pasados a Somos) como objeto de estudio. Una de esas poetas analizadas en mi libro hasta se animó a copiar y repartir la basca de Somos de manera alegre en medios académicos norteamericanos con evidente sevicia. Escritores como Eduardo González Viaña dieron cuenta de la patraña.

Tanto mi nota de 1995 como su paráfrasis del 2004 forman parte de una larga disputa (en el fondo política y hasta con tinte policial, como se puede ver) que Cabrera simplemente obvia. Por eso siempre es bueno llegar al fondo de la investigación. Si Cabrera hubiera escrudriñado mejor, se habría enterado también de que a la “Carta abierta de las escritoras peruanas” del 2005 respondieron numerosos intelectuales y poetas (hombres y mujeres) con otra “Carta de la Nueva Minoría Literaria” el 18 de abril de ese mismo año. Entre otras cosas, ahí se decía que “las declaraciones periodísticas en entrevistas […] representan el ejercicio de una libertad de expresión siempre personal y en dinámicas de polémicas específicas con unas pocas de las firmantes [de la “Carta abierta”], sin olvidar que, de su lado, han esgrimido insultos desde tiempos inmemoriales (‘Kloaka es un aborto de Hora Zero’, ‘pulgas de la academia’, ‘pedos’ humanos, 'chacras ridículas en el orden simbólico de lo literario', entre otros ejemplos) y lo siguen haciendo, como su carta abierta y diversas publicaciones demuestran”. 

Todo esto fue publicitado y difundido en revistas como la ya mencionada Caretas (que se refirió a la “Carta abierta” como una evidencia de que las “escritoras ejercen el derecho al pataleo”) y diarios como La República, en que el crítico Abelardo Oquendo calificó el “match” como un penoso empate entre “Ellos & Ellas”. La Caretas de 1992 era distinta de la del 2005, pues, como digo, ya esos redactores se habían pasado a Somos, donde interposita persona pergeñaron el detrito, siguiendo su campaña de difamación.

Las peleas literarias de mi generación se remontan al mismo año (1980) que marcó sangrientamente la vida de los peruanos y los distanció políticamente, cuando Cabrera ni siquiera había nacido, e incluso antes. Es claro que casi todo lo recibe reciclado; casi nada de ese intenso debate literario y político lo ha vivido en persona, salvo las quejas de sus amigas poetas, que cuando insultan quieren pasar por víctimas, pero cuando se les responde, invocan la autoridad de la abadesa. 

Que yo exprese mi opinión sobre la poesía de algunos y algunas autores del 80 es un derecho inalienable (algunas me parecen notables, otras efectistas y panfletarias). Que yo llame “desvaríos” y “estupideces” (en un post personal y comentarios de Facebook el 14 de julio de este 2020) a las declaraciones de Varela del 2005 es una réplica simplificada, más que a sus insultos (pues la poeta ya está muerta y no me interesó ocuparme del asunto en su momento), a los oportunistas y desinformados literatos que aún los repiten hoy, sin saber en qué se meten. Me parece de una bajeza insondable, como le escribí a uno de esos anélidos, seguir manchando –después de quince años– la memoria de Eduardo Chirinos tan frívolamente. “Desvaríos” termina siendo un eufemismo para calificar el clasismo insomne, la prepotencia y las taras ideológicas de una poeta consagrada que malhablaba desde un poder establecido y excluyente.

Pues, ¿por qué incluiría Blanca Varela a Eduardo Chirinos en su defensa de las “sororas”, llamándolo “hijo de militar” (vaya argumento clasista), “pulga” y “deshonesto”, lo mismo que a mí, cuando Eduardo jamás había opinado sobre la poesía de las mujeres del 80? ¿Dónde está la coherencia del argumento de Cabrera: vilipendiar a Chirinos era desagraviar a las “sororas”? ¿Y lo de Iván Thays “adulón”? Como diría el recordado Toño Cisneros, “esa rueda se atraca”. Y hay más: si le parecía a Varela que “todas las mujeres son putas” como declaró solemnemente para identificarse con la poesía de María Emilia Cornejo y Carmen Ollé, ¿no cree Cabrera que doña Blanca estaba incurriendo en una flagrante generalización? Hay que ser muy ciego (o muy cínico) para no darse cuenta. 

Peor aún: Cabrera insinúa que al referirme yo a los “desvaríos” de Varela la estoy llamando “vieja loca” y, por extensión llamo “viejas locas” a todas las ancianas de la tierra (y, de paso, “impulsivas” a las jóvenes y “paranoicas” a las adultas) en incontestable despliege de “machiruleo” digno de cargamontón. En un exceso de imaginación, señala que estaríamos frente a "una piadosa evolución de lo recomendado ante estos casos en el s. XIX: llévenla al manicomio o quémenle la imprenta". Convertido en semejante caricatura, hasta yo me “escracharía”.

Si realmente Cabrera y sus co-editoras creen tal embuste, me temo que nos encontramos ante un caso curioso de inseguridad personal y literaria o, como se diría en buen castellano, una carencia de correa de proporciones legendarias. Y no me refiero con esto a todas las mujeres, por supuesto. Los que me conocen de cerca (a Cabrera jamás la he visto en mi vida, menos conversado con ella) lo saben perfectamente. Encarezco la fortuna de haber tratado a numerosas y maravillosas mujeres a lo largo de mi vida, por las cuales guardo un profundo afecto, respeto y admiración. Mi directora de tesis doctoral fue una mujer. En los proyectos editoriales que coordino siempre hay mujeres de primer nivel intelectual. Cada vez que puedo, estudio y difundo la obra de poetas y críticas mujeres de descollante valía (y hay muchas). Me refiero ahora solamente a la despistada autora del engendro que motiva estas líneas y a sus co-editoras, de las cuales hay historias de intercambios de ataques (públicos y privados, propios de las “guerritas” literarias) que espero la redactora investigue con mejor suerte la próxima vez. De ninguna manera representan ellas ni las poetas supuestamente agraviadas “la voz pública de las mujeres”, como proclama Cabrera con supina arrogancia, hablando por media humanidad. 

A lo largo de mi carrera (ya son cuarenta años) he apostado por la creación de espacios de discusión que puedan alojar la heterogeneidad de nuestra comunidad intelectual, tanto en términos de género como también de raza. Basta mencionar la apertura de la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana y de la Asociación Internacional de Peruanistas, sus congresos y publicaciones, para comprobar que ahí no hay ninguna agenda de exclusión de poetas e intelectuales de ningún tipo, sino todo lo contrario. El artículo de Cabrera termina siendo un nuevo intento de un grupito de autores y autoras por desprestigiar ese trabajo que siempre ha buscado construir un país menos racista y clasista de lo que es, denunciando los lobbys literarios (sin distinción de género), tan propios del “emprendedurismo” neoliberal y tan afectos a callarse la boca cuando de premios, ediciones y subvenciones se trata.

Una prueba más de ello ha sido mi urticaria mención el 14 de julio del 2020 de que Varela recibió una medalla del Congreso de la República en octubre del 2007 por gestiones de las promotoras de la “Carta abierta”, nada menos que de manos de Luis González Posada, presidente del Congreso de mayoría aprista durante el segundo gobierno del genocida Alan García Pérez. Cuando este tristemente célebre personaje fue presidente del Perú por primera vez entre 1985 y 1990, González Posada era su ministro de Justicia, es decir, estaba directamente implicado en la masacre de cerca de 300 presos políticos de los penales de Lurigancho, El Frontón y Santa Mónica el 19 de junio del 86. Ahí va la coherencia política de las turiferarias. Y si es cierto lo que comenta una de las co-editoras de laperiódica, Violeta Barrientos, de que esa medalla Varela "la recibió cuando ya ni hablaba o se daba cuenta", tanto peor para sus alabanceras, que en ese momento no “desvariaban”, que se sepa.

laperiódica le debe una disculpa, no a mí, pues eso me importa muy poco, sino a la comunidad cultural peruana por normalizar ideologemas absolutamente inaceptables en las expresiones de Varela: por ejemplo, la discriminación sexista (la infeliz y cacareada frase “todas las  mujeres son putas”), la clasista (“hijo de militar”), la homofóbica (Luis Cernuda es “marica”), la antisemita (Alejandro Toledo “es más judío que indígena” –por su ambición personal–) y la racista (“el indígena está corrompido porque aspira a cosas que no son de él, aspira a algo que no le corresponde”, o sea, el poder político, el bienestar económico, se entiende, cuando Varela habla de Alejandro Toledo, a quien llama “un indio, un cholo”; o sus risas contra el afrocubano Nicolás Guillén, burlándose de la sonoridad del habla afro y la calidad literaria de Sóngoro Cosongo). Sin olvidar, claro, su hoy celebrado (por algunas de sus admiradoras) poema racista “Muchachita negra”, ya desde 1945. (Un análisis de ese texto por la poeta y activista afroperuana Mónica Carrillo se encuentra aquí; también Giancarla Di Laura se viene ocupando del tema desde el 9 de agosto en su página de Facebook, como se indica más arriba). En suma, la “corrección política”, que tanto parecen reclamar, se les fue por la borda.

Lamento, pues, decir con ajeno bochorno que en la entrevista del 2005 Varela recurre a la trillada estrategia de la “risita limeña”, o sea, a denigrar a quienes solo intentamos hacer lo mejor por el Perú al asumir posturas claramente críticas del “establishment” cultural, aupado desde siempre a los aparatos de un poder oficial profundamente discriminador y corrupto. Y lo hace, por añadidura, con alcohol de por medio, según se revela en los subtítulos de la entrevista ("Primeros tragos", "Open Bar"), cosa que confirma Mario Vargas Llosa para otras ocasiones, de acuerdo con la propia Cabrera, pues hablaba "ayudada por un par de whiskies para vencer su timidez". Usar la “sororidad” como excusa para normalizar la diatriba y desviar la atención sobre el carácter político (y de tinte policial, recordemos) de este debate les hace flaco favor a las justas causas por la igualdad estructural de hombres y mujeres. Mejor hubiera sido dejar todo este asunto en simples "desvaríos" y no dignificarlo de manera tan penosa. Obviamente, nada de esto invalida la obra poética de Varela en sus libros publicados, pero sí revela mucho de su ideología (al menos en la entrevista) y de las prácticas periodísticas de algunas varelianas por justificarla.

Trabajemos juntos, estimadas colegas, y dejemos las generalizaciones que tergiversan los hechos y confunden a los desinformados. Hay amplísima documentación más sobre el tema, que ya lleva cuarenta años de vida y me guardo por ahora, pero creo que todos tenemos mejores cosas que hacer que seguir rizando el mismo rizo eternamente. A menos que insistan en el “miente, miente, que algo queda” para seguir ocultando antiguas responsabilidades y agendas contemporáneas. Sinceramente, espero que no.

Feliz Navidad, por un Perú más justo y menos discriminador.

Boston, 23 de diciembre del 2020



Poéticas del flujo: migración y violencia verbales en el Perú de los 80 (2002), libro que causó las iras de algunos autores en su momento, hoy renovadas.


Addendum del 8 de febrero del 2021

Al artículo anterior respondieron el 28 de enero del 2021 las ex miembros de la revista "Casa de Citas" (Claudia A. Arteaga, Olga Rodríguez Ulloa y Luz Vargas) en el número 2 de laperiodica.pe.

Lo primero que sorprende es que declaren que la entrevista a Blanca Varela aparecida en marzo del 2005 en su revista se hizo en realidad dos años antes, el 2003, y luego fue Fernando Toledo quien la editó varios meses después.

Esto deja sin argumentos a Teresa Cabrera, que afirmaba que las declaraciones de Varela habían sido una reacción defensiva de la poeta hacia sus congéneres más jóvenes, algunas autoras de la Generación del 80, a quienes supuestamente yo había atacado en una entrevista de marzo del 2004. Si eso fuera así, Blanca Varela habría tenido que viajar por el tiempo para saber lo que yo iba a declarar un año después (lo que de paso, como ya he señalado, está más dirigido a los críticos de esas poetas que a las poetas mismas).

En fin, con fechas imprecisas, falta de fuentes primarias y mala voluntad se puede hacer cualquier cosa. Los desenterramientos vienen del propio ex editor de la revista y un amigo suyo de rivalidades académicas, así como de los dos anélidos que repiten solamente la parte de la entrevista referida a mí y Eduardo Chirinos, fallecido el 2016 y por lo tanto sin posibilidad de defenderse. 

Las editoras de la periódica y las ex entrevistadoras de "Casa de Citas", sin conocer bien las fuentes, solo les sirven de furgón de cola, para colmo ninguneando de la manera más machista a dos intelectuales de primer nivel como Giancarla Di Laura y Mónica Carrillo. (Ver el artículo de Silvio Rendón publicado el 8 de febrero del 2021 en su página de Facebook "El gran Combo Club"). Y, de paso, glorificando, como Cabrera, la infamante frase de Varela que afirma que "todas las mujeres son putas" y haciendo pasar por agua el racismo que también muestra en la entrevista. Basta volver a ese diálogo publicado en marzo del 2005 para comprobarlo. 

Addendum con el artículo de Teresa Cabrera (en laperiodica, 7 de diciembre del 2020)

El propósito de este texto es discutir la caracterización pública de la vejez femenina y los términos bajo los cuales se disputa la validez de la voz de una mujer autorizada. Los ingredientes: una entrevista a una poeta octogenaria, un debate perdido sobre la poesía que escribieron sus colegas y un agravio irreparable en busca de una teoría que lo haga inteligible quince años después.

VIEJAS LOCAS: BLANCA VARELA, AUTORIZACIÓN Y DESVARÍO
Por Teresa Cabrera
7 de diciembre 2020

El night club y la Casa de Citas

En marzo de 2005, la revista Casa de Citas publicó un diálogo con Blanca Varela,1 que resultaría la última entrevista conocida de la señera poeta. Varias reacciones generaron sus dichos, entre los que se encontraba la expresión de simpatía hacia la obra de las poetas mujeres agrupadas bajo el rótulo de “escritoras de los 80”. Al momento de la entrevista, Varela tiene 79 años y es la escritora peruana más reconocida e importante en el país.

Ese mismo verano un intercambio epistolar electrónico entre los poetas y críticos M. Montalbetti y M. Lauer, convertido en texto y publicado a fines de 2004 en Hueso Húmero (Post-2000. Nueva Poesía Peruana)2 había generado revuelo en una escena pequeña siempre atenta a la formación del canon. Si bien podría decirse que el diálogo sugería una búsqueda de las coordenadas para asimilar la producción poética “nueva” o “joven”,3 fue una observación de Lauer sobre la “poesía femenina”,4 la que impulsó un intercambio más amplio, en el que participaron las autoras aludidas, otros críticos y varios opinantes. Este intercambio duró varias semanas en listas de correo electrónico y tuvo resonancia en un par de revistas locales.

Uno de los materiales que se sumó al intenso intercambio fue una entrevista del poeta Mauricio Medo al crítico J.A. Mazzotti, publicada en 2004. En ella, el crítico distingue la poesía de los 80 en términos de una preferencia de las autoras por “proclamar su condición de género y sus aventuras sexuales”. Mientras que la difusión de esa poesía en prensa la vinculaba a la “celebración de las audacias eróticas” de las autoras “favoritas” de la gente de prensa, léase, de los hombres de prensa, a quienes luego se compara con entusiastas asistentes a un night club.
Si esas eran las metáforas empleadas en el diálogo citado,5 en el espacio incipiente de internet los términos adquirieron un tono más bien agresivo. Un resultado del áspero intercambio fue la aparición, en abril de 2005, de una Carta Abierta firmada por 40 escritoras,6 un texto de tono reactivo frente a lo que se considera un “clima confuso y malevolente”. Se formula allí una crítica al discurso de los críticos (varones) sobre el proceso poético de la década del ochenta y el lugar de las mujeres escritoras en él. Además de aludir al comentario de Lauer y a los símiles empleados por Mazzotti, la misiva recopila una serie de enunciados que, de acuerdo a las firmantes, trasuntan ligereza, caricaturización, prejuicios, actitudes ‘segregacionistas’ y una lógica cultural que se afana en “mantener bajo su control las expresiones más limpias y enteras de la productividad verbal: la creación, la literatura, la poesía".7
¿Le gustan las escritoras de la década de los 80?

Una de las firmantes de la carta es Varela, con la entrevista en Casa de Citas ya publicada el mes anterior, es decir, en plena recepción por las y los lectores. Como he recordado al inicio, en esa entrevista Varela expresa su simpatía hacia las poetas de los 80 (¿Le gustan las escritoras de la década de los 80? -Me gustan todas, me encantan. Todas, dice, antes de mencionar a algunas autoras limeñas). El diálogo, aunque breve sobre ese punto, funciona como un gesto de reconocimiento de estas escrituras y sus temas, comentando proximidades y distancias. Si bien no era la primera vez que Varela expresaba tales simpatías,8 en el contexto del áspero intercambio público sobre la producción de esa cohorte de escritoras, y con Varela definitivamente consolidada, esta declaración fue importante por más de una razón.
La primera es coyuntural. La recepción de la entrevista y la lectura de la Carta Abierta tuvieron un momento de coincidencia en un muy pequeño ecosistema. Casa de Citas era una revista recién llegada, con un equipo de jóvenes mujeres, y asomaba al estrecho medio en el que circulaban muy limitadamente proyectos consolidados como Hueso Húmero, Quehacer o las más jóvenes Ajos & Zafiros y Odumodneurtse. Fue en Hueso que apareció la charla entre Lauer y Montalbetti, mientras que la Carta Abierta, tras una penosa circulación por correo electrónico y desde la web La Insignia, fue parcialmente reproducida en el semanario Caretas y unos meses después, en Ideele, una revista sobre justicia y derechos humanos.9

Se disputaba en ese pequeño ecosistema la relevancia del período post 60, tanto como el valor de lo “nuevo” en el cambio de siglo (el paso de los 90 a los 2000), o el contenido de las propuestas conceptuales y estéticas en la obra de las escritoras de los 80 y sus relaciones con la producción de las décadas siguientes.10 De un lado, quienes con un aparato discursivo y desde un puesto más (o menos) establecido en el campo de la crítica, producían sentencias que, bien sugerían agotamiento de fórmulas, caducidad o simple ausencia de interés o bien apuntalaban el lugar social de los proyectos de algún modo vinculados a eso “cotidiano” a lo que se refiere Lauer. Del otro lado, un conjunto de autoras dispar (en obra y generación) que reaccionaron a lo que consideraban deslices normativos de los críticos en unos casos, y agravios en otros, leyéndolos como parte de una misma “lógica cultural”. En ese punto, las frescas declaraciones de Varela ("Me gustan, me encantan, todas") proponen un nuevo equilibrio de fuerzas.

La segunda razón va más lejos, y llega incluso a nuestros días. El reconocimiento de los temas y las comparaciones directas entre su obra y la de sus colegas, resitúan un apunte respecto al “confinamiento absurdo y peligroso” que advirtió Varela en la “condición femenina y sexual” como temática a partir de la cual los hombres (lectores, críticos) dan valor a la poesía hecha por mujeres. La valoración que la poeta hace de las autoras ochenteras no encaja en cierta imagen que aún funciona como discurso normativo de los contornos de la escritura practicada por las mujeres.11 La versión más básica de esta imagen funciona más o menos así: no existe discriminación o sesgo hacia lo que las mujeres escriben, pues si tienen suficiente talento, van a tener su lugar, y ahí está Blanca Varela para probarlo.

Es improbable que al declarar a Casa de Citas y al firmar la Carta Abierta con esa entrevista ya realizada, Varela no estuviera al tanto de las tematizaciones de la poesía escrita por mujeres, las valoraciones sobre ello por parte de un sector de la crítica o de su propia situación como modelo de la enunciación “neutra”. Sus respuestas están allí:

“En los ochenta las mujeres querían hablar de su cuerpo. Carmen Ollé habla de su pubis por ejemplo, pero yo trato de darle al cuerpo un valor de otro tipo, más racional, menos específico en cuanto a género, salvo en ‘Ejercicios Materiales’(Nde: 1993). Creo que ellas se defienden de otra manera, haciendo un cuerpo común” (las cursivas son mías).

El parámetro Varela

Por increíble que parezca, el estatuto de parámetro de Varela aparece aún en nuestros días para descreer -si no para directamente descalificar- asedios al cuerpo, el deseo, la reproducción y otros temas que suelen asociarse al universo de “lo femenino”.12 Si bien las jóvenes que escriben hoy están menos dispuestas a atender esta clase de sugerencias críticas -y sus pares generacionales parecen menos interesados en proponer tales demarcaciones- también saben que en última instancia, “Varela” es una carta a poner sobre la mesa, más aún en tiempos de neo-conservadurismo contra las mujeres en general, y contra el activismo feminista en particular.

El mensaje es más o menos así: las poetas no necesitan hablar de su cuerpo o de su sexo para destacar (en todo caso, eso ya se hizo, aburren); cualquier alusión a la condición de género delata falta de talento (que le sobraba a Blanca) y algo peor, falta de talento seguido de ganas de figurar (Blanca era discreta). Hoy es tema en sitios de memes, pero hace quince años cosas así se expresaban como audacias reveladoras y se imprimían.

De acuerdo a este sentido común, la invisibilidad de la poesía escrita por mujeres, o la reducción de su lectura al “cuerpo” y al “sexo”13 no se debe al funcionamiento de mecanismos de poder en la configuración del campo literario/cultural, fruto de desigualdades estructurales persistentes, sino a cosas menos rebuscadas como el aburrimiento de los lectores (o los críticos) ante textos sin novedad, de escaso aporte al lenguaje o más fácil aún: a la falta de talento (porque si tuvieran talento brillarán con luz propia, como brilla Blanca Varela). El índice de esta carencia es la tematización de “lo femenino”. Y así, a masticar la cola.

Para 2005, ese sentido común tenía no pocos refuerzos desde espacios académicos o de crítica, como se hizo patente en los debates y pullas ese verano. La profesora B. Huamán, quien ha estudiado la obra de Varela y de Ollé,14 ubica varias de esas expresiones en una interpretación crítica al detalle en su tesis “Más que cuerpo, más que poesía. Crítica literaria, género y poder” (2007) 15, por si alguien quiere revisar un registro del tono. Del mismo modo, la Carta Abierta de las escritoras recoge la crema de esas expresiones y las alinea para hacerles un mismo reclamo: ya basta.

La publicación de la Carta le dio un segundo impulso al intercambio, aunque en estricto podría hablarse de confrontación ya que, como ocurre con lamentable frecuencia en el país, tuvo momentos de bochornosa agresividad (libelos, anónimos, adjetivos fuertes, insultos)16 y se fue reduciendo a disputas referidas a centros de formación universitaria, locales o extranjeros, como la Universidad Católica en Lima o alguna universidad norteamericana, que solo quienes orbitan alrededor de estos podían entender. Pero también apuntaló procesos y discusiones en curso que buscaban una elaboración más autónoma de la experiencia de las mujeres (como la mesa Literatura y feminismo en los 90 en el festival In-santas de julio de 2005 en el Centro Cultural de España). La Carta también trazó un poco la cancha de debates y malestares que llegan hasta ahora.

Vacas sagradas

Volvamos al presente. De cuando en cuando la entrevista de Varela en Casa de Citas o alguno de sus dichos, aislados, vuelve a circular, con buenas, malas y peores intenciones. Y se renuevan las reacciones. Una que he leído recientemente me parece interesante, la del profesor J.A. Mazzotti,17 estudioso de la literatura y peruanista afincado en los Estados Unidos, para quien Varela tuvo feos adjetivos en un pasaje de esa entrevista. Aunque son expresiones desagradables, las refiero de una vez: Varela lo llama “adulón”, “ambicioso”, que es “como una pulga” que está "trepando en las universidades norteamericanas”.

Mazzotti califica hoy las opiniones de Varela como “desvaríos”, y “estupideces”.18 No se refiere exclusivamente a la dura adjetivación que le propina la poeta aludiendo a su pertenencia al mundo académico norteamericano. El agraviado atribuye el conjunto de opiniones vertidas por Varela a un estado mental relacionado a su avanzada edad (para entonces la poeta bordeaba los ochenta años). De acuerdo a esta argumentación, "era sabido" que ella "sufría repentinos desvaríos". También sugiere que los entrevistadores (unos “chiquillos”, anota) habrían tomado ventaja de ese estado en provecho de su revista, que “no volvió a aparecer” (dato: CdC siguió publicándose los siguientes ocho años, hasta 2013).

En otro punto, el agraviado comenta las relaciones cordiales que desde su punto de vista él mantuvo con Varela (que ella le elogió un texto a mediados de los 90, que le firmó y envió un libro con un chofer en 2001, etc.). En ese comentario recuerda que al solicitarle a la poeta en 2003 que presente un libro en la prestigiosa universidad de Harvard, ella le pidió costear un pasaje “en primera clase”, aunque el viaje finalmente no se concretó. Siguiendo la lógica de la inclusión de este recuerdo, el grave insulto no es consistente con la cordialidad de la relación - en la que él, se entiende, se afanó por complacer la exigencia de un vuelo en primera clase- de modo que la agresión, inexplicable, sólo puede deberse a un “desvarío”.

Más allá de estos recuerdos personales, si se revisa la entrevista completa, es posible identificar inexactitudes en las referencias que a ella hace Mazzotti. Entiendo que las alusiones intentan apuntalar un único argumento: Blanca Varela, una mujer de 79-80 años al momento de la entrevista, no estaba en control de lo que decía, su mente le jugaba malas pasadas, desvariaba. Creo que ese argumento, además de poco sólido, es revelador de mecanismos perniciosos (y conocidos) que se activan ante la voz pública de las mujeres. Voy por partes.

En primer lugar, el historial de declaraciones de Varela delatan una lengua filuda y opiniones fuertes siempre. Maledicencia dirán algunos. Ese temperamento ha sido señalado por varias personas, entre otros, por el nobel Mario Vargas Llosa, que de Varela dijo “la he oído, cómo no, muchas veces, ayudada por un par de whiskies para vencer su timidez, decir esas maldades y ferocidades impregnadas de tanta gracia y humor que hacían la felicidad de sus oyentes” (2007), o que la poeta practicaba el “deporte nacional” del raje y "lo hacía con tanta gracia y en el fondo con tanto cariño que uno habría querido ser una de sus víctimas".19 Por lo demás, lo que Varela dice a Casa de Citas (política, anécdotas íntimas, gustos y disgustos) no parece estar fuera del tono que puede identificarse en sus entrevistas previas y en diferentes etapas de su presencia pública. 20 Incluso la dureza en su señalamiento a la relación entre literatura y “ascenso social o político”, no es nueva.21

En segundo lugar, los dichos de Varela sobre Eielson o Vargas Llosa -referidos alternativamente por Mazzotti como tonterías, estupideces, afrentas calumniosas o injustas- no son otra cosa que opiniones sobre otros creadores, y en el caso de Eielson, su par generacional y amigo de juventud (“A mi casa iban todos, Sologuren, Eielson, Bendezú, iban todos mis amigos”). Veamos.

De Vargas Llosa: que su teatro es malo, que su última novela (El paraíso en la otra esquina) la acaba de leer y le parece mala, que es “impecable en cuanto a estructura, estilo, prosa”, pero no le convence el tratamiento de sus personajes femeninos (por Flora Tristán, a quien no trata “con la altura” que a Gauguin), que no entendía al indígena (en referencia al rol del escritor en la Comisión Uchuraccay), que “se ha españolizado demasiado” y que nunca captó a Arguedas (sobre La Utopía Arcaica). Que junto a F. De Szyszlo, pintor y ex pareja de Varela, son un par de “vacas sagradas”. De Eielson: que le gusta su poesía (“Está perfecto. Me gusta mucho”) pero que el tema de una de sus instalaciones le parece “una huachafería”.

A todo ello Mazzotti le llama "despotricar" contra MVLL y JEE. Otra opinión de Varela: no le gusta que “agarrar una plaza en una universidad norteamericana” sea “el futuro que se piensa para cualquier escritor”. Una más: “la política las ha fregado [a las feministas], las han usado mucho, sobre todo la izquierda”. ¿Discutible? Sí. De eso se tratan las opiniones.22

Todas las mujeres son putas

En otro momento de la entrevista, dice Varela: "hay una chica que escribió algo que se parecía a lo que yo quería escribir: todas las mujeres son putas. Yo he tratado de decir lo mismo, pero de otra manera". Efectivamente, podría decirse que “esa puta que finalmente éramos todas” es una declaración/confesión que se deriva -que Varela extrae- de la poética de M.E. Cornejo.
Mazzotti mal cita este pasaje sugiriendo que "el desvarío" lleva a la poeta a "exclamar" que "todas las mujeres son putas", sin más. En una segunda versión de su comentario, horas después -historial de cambios de Facebook- Mazzotti ha precisado que hay una referencia a Cornejo, aunque sin retirar lo de "exclamación". Si se revisa el pasaje de la entrevista aludido, cualquiera advertiría allí una simple reflexión sobre dos poéticas distintas para una misma búsqueda. Claro, es más evidente establecer conexiones entre Ollé y Cornejo, por ejemplo, mientras que una conexión entre Cornejo y Varela -¡propuesta por la propia Varela!- no es lo esperable. Pero una comparación inusitada no equivale a desvarío. Al contrario, puede estar más cerca a una expresión de lucidez, o al simple gusto de pensar y encontrar asociaciones novedosas.

Esta fallida citación sugiere la intención de presentar los dichos sobre Eielson o Vargas Llosa como equivalentes que justifiquen el horrible insulto recibido de Varela (y lo de "putas" como un exabrupto repentino y sin sentido). La operación es más o menos así: si Varela “habla mal” de vacas sagradas de su generación como MVLL y JEE y dice barbaridades como que “todas las mujeres son putas”, pues no hay otra explicación para lo demás: está desvariando por "su edad". Y en ese desvarío, de pronto, hay quienes han sido afectados injustamente, porque la relación siempre fue “cordial”.

Viejas locas

He dicho líneas arriba que la forma en que Mazzotti trata de explicarse y explicarnos el por qué del agravio aludiendo a los “repentinos desvaríos” de Varela (“hago el siguiente aclare para ayudar al público a entender la situación”, “a los jóvenes les puede servir saber el otro lado de la historia”, señala) revela mecanismos perniciosos respecto a la voz pública de las mujeres. Me explico.

Algo ocurre con frecuencia cuando las mujeres expresan opiniones, sobre todo si lo hacen de manera directa y pública: cuando son jóvenes, no saben lo que dicen, son impulsivas y no controlan sus emociones; las adultas, si te toman cuentas, están paranoicas o están menstruando (una alteración emotiva de base biológica, digamos). Cuando se hace difícil creer que actúan en autonomía, se propone que alguien las manipula, y las viejas, pues se ponen seniles y ya no hay que hacerles caso. Un extremo de esta reacción es el célebre e infame “viejas locas” para referirse a las Madres de Mayo.

Bien, este es otro escenario, pero el mecanismo está claro: aludir al frágil estado mental de las mujeres. Aquí la particularidad es que estamos frente a las opiniones de una mujer pública y autorizada, “consagrada”, diríamos en limeño. Es decir, estamos frente a un potencial de desestabilización (de relatos, de status). Es pues, un intercambio de poder. Uno que no ocurrió en su momento y hoy es un intercambio de poder entre vivos y muertos,23 entre quienes aún pueden elaborar y quienes nos han dejado desamparados, a solas con sus palabras o sus silencios.

En este caso particular, entonces, el mecanismo se presenta del siguiente modo: en el intento de probar la tesis de "los desvaríos repentinos" se pretende negar autoridad a las opiniones de Varela ("era obvio que nada de esa entrevista podía tomarse en serio"). Las declaraciones que “no podían tomarse en serio”, van más allá de lo que se dijo de la inserción o rol del agraviado en el mundo académico norteamericano, en un insulto que naturalmente se experimenta como una injusticia irreparable. Está la simpatía por las poetas de los 80, el inusitado paralelo con la búsqueda de M.E. Cornejo o las valoraciones sobre MVLL y JEE. Hablar del “desvarío” de las viejas o que en un halo de condescendencia murmuremos “guárdenlas, no las expongan” nos hace parte apenas de una piadosa evolución de lo recomendado ante estos casos en el s XIX: llévenla al manicomio o quémenle la imprenta.

Que en el año 2005 la voz de Varela fuera considerada como la de alguien a quien “no podía tomarse en serio” puede ser hoy una verdad para algunos-as y otros-as pueden discutirla. Fallecida en 2009 tras años de lidiar con las secuelas de un accidente cerebrovascular y el dolor de la pérdida de su hijo Lorenzo, la mal llamada condición “senil” puede presentarse como autoevidente, vista desde el presente.

Lo cierto es que Varela declara a la prensa al menos hasta octubre de 2006, cuando recibe el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada-Federico García Lorca. En la breve entrevista telefónica concedida en esa ocasión a El País,24 ella comenta: “Me haría una ilusión tremenda [acudir a Granada], pero siempre he tenido miedo a volar. Y mucho más ahora en mi estado". De acuerdo al redactor ella “se encuentra en la cama a sus 80 años convaleciente de una trombosis a la carótida sufrida hace cinco años”.25 Desde allí habla de Octavio Paz (“marcó mi vida y mi poesía”), de Simone de Beauvoir ("una gran mujer que hizo de la valentía todo un emblema y con la que tuve la suerte de encontrarme en el camino”) y del significado del galardón que recibía (“la enorme responsabilidad que me hacía sentir el nombre de Federico García Lorca”, “es un honor compartir el club de ganadores con Ángel González y con José Emilio Pacheco, dos enormes poetas”).

De todos modos, es justo señalar que en 2005 no faltó quien criticara a Casa de citas por publicar algo que sonaba a una Blanca Varela “sin filtros”, “sin editar”. El director de la revista, Fernando Toledo, ha dicho en 2020 que por entonces “muchas personas se sintieron afectadas. Que por qué se había entrevistado a Varela en ese estado de su enfermedad, que era apócrifa, en fin”.26 De otro lado, hay varios indicios que apuntan a que hay personas de su entorno que hubieran preferido que ella no declare. Ello, por supuesto, en el agresivo contexto del debate sobre el rol de la crítica y la obra de sus colegas poetas, y luego de la publicación de la entrevista, no antes (pues a las entusiastas entrevistadoras de Casa de Citas no se les impusieron filtros o advertencias para pasar dos jornadas completas de conversación con la poeta en su casa, en días distintos).

La idea de "repentinos desvaríos" llama la atención, porque además de ignorar la consistencia de las valoraciones que hace Varela (su voz autorizada en el tiempo en las letras peruanas), revelan una penosa ignorancia sobre cómo se expresan los síntomas de deterioro cognitivo en la vejez, en particular, en el curso de años de un cuadro neurodegenerativo. Como reacción a este estigma sobre la salud mental, mi interés es echar luz sobre la caracterización pública de la vejez femenina en un caso tan paradigmático como Blanca Varela, más que discutir la maledicencia de la poeta contra personas específicas. Finalmente, la animadversión -gratuita o justificada- no es ninguna novedad en las letras peruanas y, los adjetivos de Varela no destacan en particular si se les compara, por ejemplo, con el tono del enfrentamiento “andinos y criollos”, en el que ese mismo año participaron decenas de escritores, la mayoría de ellos varones.27 Adjetivos como pituco, huachafo, resentido, regio, bravucón, mediano o acusaciones de mafia, secta, argolla, camarilla, etcétera, circularon entre jóvenes, adultos y adultos mayores sin que entonces o ahora nadie sugiera que los términos hayan aflorado en algún cuadro de desinhibición debido a probables alteraciones mentales.

Quién le teme a Blanca Varela

Veamos cómo en la caracterización de la vejez femenina opera el estigma sobre el deterioro cognitivo o la salud mental. Su principal efecto es la desvalorización de la voz pública de la mujer en cuestión y su consecuente desautorización: en ese estado no se le puede tomar en serio. Este último asunto es clave. ¿Quién debe controlar lo que las viejas declaran? ¿Cuándo y cómo se decide que lo que nos dicen las viejas es “sabiduría” y “experiencia” y cuando “locura”? ¿Considerar alguien “en sus cabales” depende realmente de una honesta evaluación de lo que podrían ser signos de indefensión o pérdida de control sobre la imagen pública? En el caso que nos ocupa ¿cuáles son los signos de indefensión en la entrevista? ¿O es que acaso importan más las condenas y validaciones que se generan para decidir qué es desvarío y qué es mesura?. Bajo la apariencia piadosa del diagnóstico de salud mental, quizá no hay otra cosa que disgusto, o miedo, a lo que las viejas tienen para decir, o a lo que dejaron dicho y de lo que ya no van a retractarse -si es que quisieran hacerlo. Ese disgusto o ese miedo es proporcional al poder y el prestigio de las viejas, a su autoridad.

Considero que la generosa expresión de simpatía hacia las poetas de los 80, tanto como las antipatías expresadas por Varela, por ejemplo, no pueden aislarse de los debates del momento por entonces, un debate cuyo tono fue malamente establecido por los machirulismos. Sí, he dicho “machirulismos”, porque felizmente hoy tenemos esta palabra para reemplazar el equívoco “racismo de género” usado por las escritoras de 2005 en su Carta Abierta, una expresión imprecisa que mereció burla y que pronto sería respondida con términos igualmente desafortunados, como “nazi-feminismo” (el predecesor del actual “calla feminazi”).

Es más, en esa carta -ahora no faltará quien diga que a Varela le movieron la mano para que firme- se caracterizan las expresiones ligeras sobre la escritura de las mujeres como un intento de "mantener bajo control (...) la creación, la literatura, la poesía". Al parecer el intento de control denunciado en 2005 busca extenderse, en 2020, más allá de la muerte, a las opiniones de alguien de la talla cultural de Varela, reducida a vieja loca (son mis términos). Peor, quieren alcanzar de un salto a la Historia, al diluirse en ese argumento hechos del contexto más allá de la edad de la poeta: los posicionamientos sobre su propio quehacer frente al de sus colegas mujeres, su relación con los hombres, o sus opiniones poco complacientes sobre sus pares generacionales (es algo que ella hace en el curso de la conversación), tanto como el clima agresivo que percibían las autoras mujeres en el campo de la crítica en el tiempo en el que sale esa entrevista, y frente a lo cual Varela expresó una posición, aunque claramente ella no fuera la afectada. Sororidad, como dicen las chicas ahora.

NOTAS 

1. “Diálogo con Blanca Varela”. Casa de Citas, Nº . 1 (mar. 2005) p. 20-24. La entrevista la realizaron Olga Rodríguez, Luz Vargas y Claudia Arteaga. La edición estuvo a cargo del director de la revista, Fernando Toledo. http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/visor/BND:267669
 
2. Hueso Húmero Nº 45, diciembre de 2004. Gracias al Sistema de Bibliotecas de la UNMSM la colección de HH ahora se puede consultar en línea, al haberse digitalizado y archivado en PDF sus ejemplares impresos. 

3. Una columna de A. Oquendo del último trimestre de 2004 recapitula los medios en los que circulaban estas reflexiones: “El número 4 de Odumodneurtse, periódico de poesía, Caretas de la semana pasada y la reciente entrega de Quehacer”. Poesía en debate, Diario La República, septiembre de 2004.
 
4. Se trata de un pasaje en el que Lauer apunta: “una idea que me reconforta: del 2000 para aquí los nuevos poetas que me resultan más interesantes están presentando textos sobre todo acerca de la vida cotidiana, en oposición a íntima (...) Vida íntima incluye también a una collera de poetas culteranos, no hermanados por el estilo sino por el repertorio de los temas (…) Quizás la cosa cotidiana a la que me refiero comienza con la necesidad-de-decir-lo-que-no-se-debe-decir de cierta poesía femenina influida a su vez por los beats, por Elizabeth Bishop y otras mujeres-gárgola anglosajonas: Carmen Ollé, Giovanna Pollarollo, Rosella di Paolo, Doris Moromisato, Rocío Silva Santisteban, et al. La diferencia en los textos post-2000 es que hay una suerte de recuperación del tono juvenil, un tipo de pudor que la generación del 60 y la femenina de los 70/80 parecían haber matado para siempre”. Aquí, se puede consultar el diálogo íntegro. 

5. Una crítica documentada de este y otros discursos similares en ese período es materia de la tesis de Bethsabé Huamán, “Más que cuerpo, más que poesía. Crítica literaria, género y poder: Roco Silva Santisteban y Coral Bracho” 2007. Tesis para obtener el título de Maestría en Estudios de Género por El Colegio de México.
 
6. Las firmantes: Rossella Di Paolo, Carmen Ollé, Giovanna Pollarolo, Rocío Silva Santisteban, Blanca Varela, Susana Reisz, Francesca Denegri, Patricia Alba, Magdalena Chocano, Doris Moromisato, Cecilia Bustamante, Rosina Valcárcel, Ana María Gazzolo, Inés Cook, Pilar Dughi, Mariela Dreyfus, Tatiana Berger, Victoria Guerrero, Ericka Ghersi, Roxana Crisólogo, Patricia De Souza, Marcela Robles, Carolina O. Fernández, Gloria Mendoza B., Esther Castañeda, Yolanda Westphalen R., Grecia Cáceres, Gaby Cevasco, Rocío Castro M., Violeta Barrientos, Doris Bayly, Elba Luján, Sui-Yun (Katie Wong Loo de Geitz), Ana Luisa Soriano, May Rivas de la Vega, Bethsabé Huamán, Rosario León R., Irma del Águila, Leda Quintana R., Irene Cabrejos, María Elisheba Fuenzalida.
 
7. La carta puede leerse completa acá: http://www.idl.org.pe/idlrev/revistas/171/Rocio%20silva.pdf
 
8. En 1997 le dice a Víctor Rodríguez Núñez: “Lo más interesante en estos momentos allí es la promoción de mujeres poetas. Algunos nombres: Carmen Ollé, Giovanna Pollarolo, Rocío Silva Santisteban, Patricia Alba, Magdalena Chocano. La mayor es la Ollé, que tiene 40 años; las demás andan por los 20, los 25. Ellas hacen una poesía muy erótica…”. Blanca Varela: “La poesía ya no es una dama burguesa”. En: Vallejo & Co. Rescate de la publicación original en Inti. Revista de literatura hispánica, N° 46/47, 1997-1998, pp. 285-292.
 
9. Ideele, Revista del Instituto de Defensa Legal. Nº 171. Junio de 2005. http://www.idl.org.pe/idlrev/revistas/171/sumario.htm
 
10. Al respecto, es sintomático el texto de Yolanda Westphalen “La poética del cuerpo y de la calle”, publicado en Odumodneurtse, que abre reparando en “una polémica danza de reivindicaciones, aprecios, suspicaces miradas y ninguneos” sobre la poesía escrita por mujeres y concluye advirtiendo la persistencia de “voces de un sector de mujeres que desde las poéticas del cuerpo y de la calle buscan ampliar las fronteras discursivas y no el reconocimiento o la inclusión en el canon con una etiqueta estandarizada que reduce la dimensión y carga semántica de su poesía para ningunearla. El trabajo de descubrir ese coro polifónico, estridente, descompasado e inarmónico de nuestra heterogeneidad discursiva es un reto crítico colectivo”. Odumodneurtse. Revista de Poesía. Año 2, Nº 4, 2004. Otro texto relevante para la discusión fue “Las aristas del género: discursos de género y poesía en la mujer peruana contemporánea y finisecular (1989-2004)”, de Alberto Valdivia Baselli, publicada en Ajos & Zafiros Nº 6, 2004.
 
11. “Blanca Varela. La fascinación por lo maravilloso”. Entrevista con Roland Forgues. Palabra Viva IV. Ed. El Quijote, 1991. Si bien se publicó en 1991, el diálogo pertenece a un conjunto registrado hasta 1988.
 
12. Sobre este punto, ver el apunte hecho por el Comando Plath sobre las dimensiones de la experiencia femenina en la poesía de Varela que son mejor valoradas ahora: “la maternidad animal y desmitificadora, la neurosis entre la individualidad y sus necesidades y las del hijo (...)tal vez por el registro existencialista y los tropos, estas ataduras materiales y este cuerpo poético/político se leyó y quedó inscrito como “universal” y no como femenino". En: “No les gusta la irreverencia si viene de nosotras”. Entrevista con el Comando Plath. Pesapalabra, boletín de poesía y crítica. Nº 5. Noviembre de 2019.
 
13. Carmen Ollé, al razonar sobre su propia “poesía existencial a partir del cuerpo”, señala: “la tesis es peligrosa: poesía femenina, igual a poesía erótica, igual a poesía menor. Las razones de este equívoco podrían enumerarse del siguiente modo: porque esta poesía habla del cuerpo, o porque habla de su deseo, o porque lo hace también del amado, o se refiere al sexo. Y la que no desarrolla estos asuntos no hace erotismo, hace metafísica”. “Poetas peruanas: ¿Es lacerante la ironía?”. En: Márgenes Nº 12, pp. 11-25. 1994 

14. Su tesis de licenciatura en Literatura por San Marcos (2003) está dedicada al análisis de “Valses y otras falsas confesiones”; Huamán es también una de las tres editoras de “Esta mística de decir cosas sucias. Ensayos en torno a la obra de Carmen Ollé” (2016).
 
15. Ver nota 5
 
16. De hecho, en 2005 en el medio literario local tendría espacio una polémica de interés, pero que adquirió rápidamente tonos violentos: andinos vs. criollos, a raíz del Congreso Internacional de Narrativa Peruana ese año en Madrid. Una reunión de textos en el marco de este intercambio pueden revisarse acá https://www.omni-bus.com/congreso/debate/indicedebate.html
 
17. “A PROPÓSITO DE UN REFRITO DE BLANCA VARELA DEL 2005”, 14-07-20, 15:35 https://www.facebook.com/joseantonio.mazzotti.7/posts/746614586142512
 
18. El cambio de “desvaríos” a “estupideces” ocurre en el curso del altercado con un comentarista de su publicación original.
 
19. Ambos comentarios son en contextos de homenaje. Uno, en 2007, a propósito del Premio Reina Sofía, que de acuerdo a MVLL llegó “justamente cuando [ella ya] no está en condiciones de saberlo, pues se halla retirada”. “Elogio de Blanca Varela” Diario El País. Mayo de 2007. El otro es de 2014, al presentar la edición póstuma de Puerto Supe en Lima. 

20. Un diálogo pleno de anécdotas privadas es el que sostiene con Yolanda Payin, “Encuentro con Blanca Varela”. Ver en: http://notaszonadenoticas.blogspot.com/2007/10/encuentro-con-blanca-varela.html. De otro lado, una de sus entrevistas más políticas, fue con Abelardo Sánchez, justo antes de la muerte de Lorenzo De Szyszlo, trágico hecho que la apartaría de la escena pública por unos años. “Fuera de la poesía, todo es caos. Entrevista con Blanca Varela”. Quehacer Nº 99 ene-feb 1996.
 
21. “La poesía es lo más gratuito que hay en el individuo. Porque, ¿qué esperas cuando escribes poesía? Nada. Salvo que escribas una poesía para trepar, que la hay, para ascender social o políticamente”. "Hay que vivir como si fuera el día definitivo. Una entrevista con Blanca Varela". En: Quehacer Nº 118, may-jun 1999.
 
22. En más de una oportunidad, Varela dijo no ser feminista. Aislado, ese comentario puede ser entendido como expresión de distanciamiento, pero si uno atiende a sus declaraciones y a su participación en iniciativas locales de ese sector, podría decirse que se trata más bien de una actitud de acercamiento respetuoso a procesos en los que vitalmente no participó. Por ejemplo: “Creo que el feminismo ha sido una corriente muy importante porque ha incorporado al mundo, a la sociedad, a la historia a un grupo completamente de guetos, las mujeres éramos un gueto. ¿Por qué no salir?, ¿por qué no sacar la cara?” En: “Esto es lo que me ha tocado vivir” Entrevista Con Rosina Valcárcel. La casa de cartón 1996- 1997 Segunda Época Nº10. Otro ejemplo: “Yo soy una mujer solitaria dentro del panorama de la poesía peruana. Como era una especie de lunar dentro de mi generación, siempre he sido muy bien tratada. En honor a la verdad, eso se debe también a que he sido discreta, para nada agresiva… Tengo mucha simpatía por el feminismo, mucho respeto por él, es algo que tenía que venir, que debía suceder… Pero no soy una feminista activa, porque jamás me sentí en un plano de inferioridad. Me sentí, en cambio, en un plano de no competencia”. Blanca Varela: “La poesía ya no es una dama burguesa. En: Vallejo & Co. Rescate de la publicación original en Inti. Revista de literatura hispánica, N° 46/47, en los años 1997-1998, pp. 285-292.
 
23. Eduardo Chirinos (1960-2016) poeta y profesor universitario, es aludido por Varela con los mismos términos usados contra Mazzotti, en el mismo pasaje.
 
24. Valverde, Fernando. “Octavio Paz marcó mi vida y mi poesía” El País, 12.10.06
 
25. Una “primera trombosis a la carótida” sufrida por Varela es fechada por Podestá en 1998, esto es, cuando la poeta tenía 72 años, un año antes de la publicación de su penúltimo poemario, el celebrado Concierto animal. Ver: Podestá, Cecilia. Blanca Varela. Poeta de la Generación del 50. MML, 2018., p 55.
 
26. Ver su blog La sordera se contagia https://lasorderasecontagia.wordpress.com/2020/07/14/la-ultima-y-graciosa-y-sacaroncha-entrevista-a-blanca-varela/
 
27. Ver nota 16.




MATERIALES PARA LA HISTORIA DE LA POESÍA PERUANA XIII: EL PSIQUIATRA DE KLOAKA

 EL PSIQUIATRA DE KLOAKA

Por José Antonio Mazzotti

(publicado en su página personal de Facebook el 1 de agosto del 2020)



En la foto: el psiquiatra Guido Mazzotti Suárez (al centro, de camisa celeste) rodeado de los poetas Dalmacia Ruiz-Rosas, Domingo de Ramos, Róger Santiváñez y el músico Piero Bustos, Lima, 1995. “Disclaimer”: no necesariamente sus pacientes.


Una tarea pendiente en el estudio de la poesía peruana es su relación clínica con el mundo de la locura. No me refiero al lugar común que reza “de músico, poeta y loco, todos tenemos un poco”, sino concretamente a aquellos casos de extrema sintomaticidad que pueden diagnosticarse con algunos de esos nombres ya comunes como esquizofrenia, psicosis o trastorno bipolar (antes llamado síndrome maníaco-depresivo). El tema es peliagudo y sensible, pues cualquier persona que sufra de alguna de esas condiciones es inmediatamente estigmatizada por la sociedad y pasa a enfrentar un infierno de abandono, incomprensión, humillación, encierro o descarnada represión. En la mayoría de los casos se apela a fármacos para ayudar en algo a paliar su “mal”, casi siempre ligado a un sufrimiento inenarrable.

Casos ha habido en la poesía peruana como los de Guillerno Chirinos Cúneo, Martín Adán (famoso por su encierro voluntario en el hospital Larco Herrera, alegando que los verdaderos locos “estaban afuera”) y otros que, en un extremo de depresión, optaron por el suicidio. En el caso de la poesía más reciente, el tema está por explorarse.

Traigo estas ideas a colación porque hoy, 1 de agosto, se cumplen quince años de la muerte del Dr. Guido Mazzotti Suárez, personaje muy recordado en su familia (era tío mío en segundo grado), pero poco reconocido en su relación con la literatura peruana. En el mundo de la psiquiatría brilló por sus precoces logros, y de ello sin duda podrán dar testimonio sus colegas y pacientes, tanto de la Universidad Cayetano Heredia como de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore. Pero lo que pocos saben es que “el primo Guido”, como cariñosamente lo llamábamos, tuvo una y otra vez la inmensa generosidad de tratar a muchos poetas de los años 80. En esos tiempos de extrema violencia, incertidumbre, drogadicción e intoxicación, los poetas, como “torres de Dios” (Darío dixit), acusaban recibo en su propia salud mental del estado de ánimo preponderante en el país. La contraparte de ello son los libros y poemas que han quedado, dando cuenta del caos y la intensidad fulgurante de aquel fin de siglo peruano. Sin embargo, los poetas necesitaban mantener un mínimo de estabilidad espiritual para poder construir su obra. Y ahí era donde Guido cumplía una función salvadora.

Sólo quise mencionar el caso en recuerdo del gran amigo y profesional que fue “jalado” por un cáncer pulmonar a la prematura edad de 41 años, el 1 de agosto del 2005. Cuando nuestra crítica literaria salga de sus casillas (cosa recomendable en algunos casos) se podrá ver mejor esa relación interdisciplinaria entre poesía y psiquiatría y valorar en sus múltiples dimensiones un fenómeno cultural que tiene aún mucho que decir. Los papeles de Guido están ahí para probarlo. Mientras tanto, y como decía Lucho Hernández, “Dios ponga cabe a nuestras lágrimas”. Desde arriba, sin duda, Guido nos está mirando.




EL INCA GARCILASO EN SU SIGLO DE ORO: RESEÑA DE CHRISTIAN FERNÁNDEZ

 Reseña de El Inca Garcilaso en su Siglo de Oro de Fernando Rodríguez Mansilla aparecida en RILCE: Revista de Filología Hispánica 37.1 (2021), por el reconocido garcilasista Christian Fernández. 




Rodríguez Mansilla, Fernando. El Inca Garcilaso en su Siglo de Oro. Madrid: Iberoamericana/Vervuert, 2019. 235 pp. (ISBN: 978-84-9192-052-6) 

¿Cómo leer El Inca Garcilaso en su Siglo de Oro? ¿Como una colección de estudios que el autor ha venido presentando como ponencias y artículos para diversos medios por más de diez años, o como un estudio monográfico? El propio autor se encarga de informar al lector que “antes que una lectura orgánica o totalizante, este libro es una reunión de trabajos sobre la obra original del Inca Garcilaso de la Vega” (9). Sin embargo, también dice que “todos estos trabajos, tanto inéditos como publicados, se han reescrito y ahora están enriquecidos con amplificaciones, comentarios y bibliografía adicionales” (7). Aunque el profesor Rodríguez Mansilla no lo dice, es de suponer que el primer capítulo y las “conclusiones” son más recientes y han sido escritas al final y específicamente para dar unidad al volumen. Este es uno de los primeros problemas al que se enfrenta el lector. 

Dada la estructura del libro es necesario un resumen de los seis capítulos y de las “conclusiones”. Dejaremos el primer capítulo y las “Conclusiones” para el final, pues, por su naturaleza, merecen un comentario aparte. 

En el capítulo II, “La persona del historiador cuzqueño”, Rodríguez propone que, en contra de las interpretaciones anteriores sobre el Inca Garcilaso, que toman la biografía o aspectos de su biografía para interpretar las obras de este autor, se debe asumir que en realidad Garcilaso se construye una “persona”, una máscara. Esto, según Rodríguez se puede ver desde la primera obra de Garcilaso, los preliminares de La traduzión del Indio de los Diálogos de amor de León Hebreo (1590), hasta su última obra, la Historia general del Perú (1617). 

El capítulo III, “La sombra del padre es alargada: la Relación de la descendencia de Garci Pérez de Vargas”, es el más corto, y allí Rodríguez se dedica a estudiar la genealogía de la ascendencia española de Garcilaso provista en ese documento, que es el único manuscrito que ha sobrevivido del Inca y que fue escrito para servir como prólogo a La Florida del Inca, pero que, por razones desconocidas, no se publicó con esa obra, y está fechado en 1596. 

En el capítulo IV, “La estela de Ambrosio de Morales en La Florida del Inca”, Rodríguez estudia la importancia que supuestamente tuvo el historiador y anticuario español Ambrosio de Morales en la formación del Inca Garcilaso como historiador, especialmente en su libro sobre la Florida. 

En el capítulo V, “Los Comentarios reales y el pauperismo en el Siglo de Oro”, el autor se dedica al estudio de la pobreza o situación económica en España en el Siglo de Oro, pero, además, se centra en las ideas de Garcilaso sobre este tema en el imperio de los incas, expuestas particularmente en los Comentarios reales. 

En el capítulo VI, “El llanto y la risa en la Historia general del Perú”, Rodríguez estudia el último libro del Inca Garcilaso, que está dedicado a la narración de la conquista del Perú por los españoles, entre los cuales se encontraba su padre, y al cual dedica varios pasajes en ese libro. Rodríguez desarrolla la idea de la Historia como tragedia y comedia. 

Hemos dejado para el final del recuento el capítulo I y las “Conclusiones” porque en realidad contienen las mismas ideas, y tienen la intención de dar cierta unidad al libro. El capítulo I, “En su Siglo de Oro” es el más polémico de todo el libro, pero, además, por ser el capítulo que tiene el propósito de introducir el resto de los temas tratados en los siguientes capítulos, es el más importante dentro de la estructura y las propuestas del libro. 

Este capítulo sirve para muchos propósitos, entre ellos explicar el significado del título del libro, hacer una crítica a la crítica sobre la obra del Inca y plantear su propuesta de una nueva crítica o aproximación a la obra del Inca Garcilaso, entre otros de los muchos temas que cubre. La parte del título: “en su Siglo de Oro” se refiere, según Rodríguez Mansilla, al hecho de que Garcilaso vivió y escribió en el llamado Siglo de Oro español, y, por otro lado, a la notable influencia de los autores clásicos e italianos en su obra. Es bastante obvio que Garcilaso vivió y escribió en el Siglo de Oro, y la influencia de autores clásicos e italianos que corresponde al Renacimiento es un tema que ha sido estudiado en profundidad y en detalle desde principios del siglo pasado, y la bibliografía sobre este tema es abundante. La metacrítica que emprende Rodríguez Mansilla, se justificaría porque le permitirá explicar hacia dónde va con su nueva propuesta de análisis de la obra del Inca. 

Es claro que el autor no está de acuerdo no solo con la forma en que se ha venido estudiando la obra del Inca Garcilaso, especialmente por determinada crítica, sino con determinadas teorías y temas e interpretaciones producto de tales teorías. Aunque empieza su crítica contra el poscolonialismo, o, como lo llama, el “nuevo paradigma”, que empezaría en la década de los ochenta del siglo pasado, por los temas de raza, hibridez, indigenismo, alteridad, nacionalismo, entre otros, el autor se ve en la necesidad de llegar hasta los críticos del llamado indigenismo de las primeras décadas del siglo XX. En realidad, las ideas del indigenismo han sido superadas hace muchas décadas de manera que era algo innecesario, pero quizá útil para las propuestas del autor. Con respecto al “nuevo paradigma” los trabajos de Rolena Adorno, Walter Mignolo, Raquel Chang Rodríguez, Mercedes López-Baralt, Antonio Cornejo Polar, quien esto escribe, José Antonio Mazzotti, entre otros, estarían equivocados porque imponen teorías y temas de actualidad a textos del siglo XVI y XVII. De allí que Rodríguez afirme que su “libro no es un estudio de literatura colonial al uso” (9) y “propone [su] propia perspectiva, menos teórica y más textual” (9). Es decir, su propuesta es un análisis filológico, porque al autor le “interesa menos cumplir una agenda crítica contemporánea que comprender y ponderar mejor la propuesta de los escritos de Garcilaso dentro de la producción cultural de su tiempo” (20). En ese sentido sus modelos y autoridades en los estudios garcilasistas son Ricardo Huamán, autor de un artículo sobre Garcilaso publicado en 2009, a quien cita continuamente, y Carmela Zanelli que, según el profesor Rodríguez Mansilla, en su tesis inédita ha realizado un estudio de la Historia general del Perú de Garcilaso que serviría como modelo porque “así se leía, efectivamente, en la época de Garcilaso” (21). Sería infructuoso para cualquier lector siquiera intentar refutar muchas de las argumentaciones de Rodríguez Mansilla contra la crítica, y para un especialista en estudios coloniales y en los estudios garcilasistas tomaría un largo ensayo o un libro por la cantidad de temas que habría que rebatir y sustentar. No es una novedad que la teoría literaria, cultural e historiográfica, en el caso de Garcilaso, evolucionan o cambian a través del tiempo, y a nadie se le ocurriría leer a Cervantes o a Shakespeare como eran leídos en su época, porque es imposible. 

En todo caso, después de leer un capítulo de esta naturaleza el lector espera en los siguientes capítulos los análisis filológicos propuestos y el uso de los textos del Inca Garcilaso propiamente dichos, pero, excepto el capítulo VI, en el resto de los capítulos el análisis filológico de los textos primarios o no existe o es mínimo. También se espera que los autores criticados y desautorizados en el primer capítulo desaparezcan porque sus interpretaciones son ideológicas, y ese no es el propósito de este libro. Sin embargo, en varios momentos cuando se quiere sustentar algo se recurre a estos autores desautorizados, y esto es inconsistente con las propuestas del libro. Basta mencionar algunos ejemplos. Al capítulo II sobre el concepto de la construcción de una “persona” o máscara, yo mismo he dedicado todo un libro al estudio de este tema en 2004. Sobre La descendencia de Garcí Pérez de Vargas Raquel Chang Rodríguez ha dedicado un libro en 2013. Al tema de la economía española en la época de Garcilaso y en la época incaica tratado en el capítulo V, Carlos Manuel Cox dedicó un extenso libro en 1965, reeditado en 2010, entre otros autores más recientes. El tema de la relación o influencia del historiador Ambrosio de Morales quizá hubiera sido un tema original para investigar, porque, aunque es continuamente mencionado no se ha investigado en profundidad. Sin embargo, es el capítulo más débil porque no hay trabajo filológico y, por el contrario. esta hipótesis está basada en un comentario de Garcilaso sobre Ambrosio de Morales. 

Siendo la intención de un trabajo filológico con particular interés conocer el tiempo en que Garcilaso vivió y escribió, los datos más exactos están en Aurelio Miró Quesada, El Inca Garcilaso y otros estudios garcilasistas (1971), y en el libro de John Varner El Inca: The Life and Times of Garcilaso de la Vega (1968), además de los innumerables artículos y el libro de José Durand El Inca Garcilaso: clásico de América (1976). Ninguno de estos autores son poscolonialistas ni posmodernistas, sino que están basados en los hechos y en datos precisos. Es inexplicable que el autor no haya usado estos autores que le hubiesen sido muy útiles, en vez de tomar como su fuente principal sobre la vida y la obra del Inca el libro de Carmen Bernard Un Inca Platonicien: Garcilaso de la Vega (1539-1616) (2006). 

Si hacemos un esfuerzo y nos olvidamos del primer capítulo –y de las conclusiones– y tomamos los capítulos por separado, cada uno se sostendría sin muchas contradicciones. Es comprensible que un autor quiera juntar sus contribuciones sobre determinado tema en un solo volumen, pero muchas veces la manera de pensar sobre un tema cambia o evoluciona, y cuando esto ocurre revisar o poner al día artículos escritos años antes es una tarea muy difícil. 

Por otro lado, proponer interpretaciones nuevas sobre autores o libros clásicos es bastante difícil, por eso cualquier intervención con temas nuevos, aunque fuera la lectura de un autor en su época estudiado desde su correspondiente especialidad es bienvenida. Asimismo, la crítica o el desmantelamiento de una teoría, o la propuesta de un “nuevo paradigma” son bienvenidas. Y hay que reconocer que toda crítica es ideológica y eso no está en cuestión, pero es problemático cuando por diferencias ideológicas o teóricas con algunos críticos se acuse que practican una crítica “de mala fe” a diferencia de una crítica “de buena fe” (216, Conclusión). Y esta última sería la crítica practicada por el profesor Rodríguez Mansilla. 

Christian Fernández
Louisiana State University (EE.UU.) 
cferna2@lsu.edu 

Tuesday, December 22, 2020

MATERIALES PARA LA HISTORIA DE LA POESÍA PERUANA XII: "POETAS Y MACARTISMO" Y "POESÍA Y SOCIEDAD"

Dos textos aparecidos como respuesta a los ataques del suplemento Somos del diario El Comercio el 13 y 20 de setiembre del 2003 al libro Poéticas del flujo: migración y violencia verbales en el Perú de los 80, de José Antonio Mazzotti. 


1) POETAS Y MACARTISMO 

(Correo de Salem 322, 29 de setiembre del 2003)

Por Eduardo González Viaña 




En 1607, Francisco de Quevedo emprende un viaje al infierno, y pregunta al demonio si en esas calurosas regiones hay también un lugar para los poetas.

La respuesta es positiva. Cada vate goza de un hermoso salón, con mullidos sillones y una bien enterada biblioteca. Cualquier bebida les está permitida, y ningún placer les está vedado. A través de los amplios ventanales, les llega de rato en rato toda la frescura del paraíso.

Entonces, ¿cuál es el castigo? "Oh", dice Satanás, "se me estaba olvidando. Aquí al lado, hay otra hermosa sala y dentro de ella, un diablo que hace crítica literaria. El castigo del poeta es pasarse la vida eterna escuchando los elogios que hace ese diablo sobre la obra de otro autor".

En el año 2003, la envidia continúa siendo opulento patrimonio de las clases literarias, y un literato poseído por los celos es sin duda muy peligroso. En la revista Somos de El Comercio de Lima, durante todo setiembre del 2003, no ha cesado de aparecer una muestra típica de esos engendros.

Tres poetas han sorprendido a los editores de ese periódico –cuya primera característica ha sido siempre la decencia– y han emprendido campaña contra uno de los latinoamericanos de más renombre en los Estados Unidos, José Antonio Mazzotti, catedrático en Harvard, a quien quisieran ver expulsado de este país, tal vez "taxeando" en Lima o maldiciendo a Vargas Llosa con ellos, roncito en mano, en algún resentido bar de la capital peruana.

Poeta como sus detractores, pero de los buenos, Mazzotti ha pasado por algunas de las universidades más prestigiosas de este lado del  mundo, Cornell, Pittsburgh y Princeton, donde hizo su doctorado, para convertirse en una autoridad en la literatura colonial y uno de los conocedores más acuciosos de la obra del Inca Garcilaso de la Vega. Cualquier buscador del internet ofrecerá centenares de entradas acerca de sus diferentes trabajos.

Invitado por el Congreso de la República del Perú, Mazzotti publicó hace poco Poéticas del flujo, un libro destinado a estudiar la poesía peruana surgida a fines del siglo al compás de la violencia y las grandes migraciones humanas. Se trata de un intento trascendente de comprender la producción artística al compás de los procesos sociales y políticos que la afectan.

Nadie diría que eso es un pecado, pero sí lo es, porque el profesor de Harvard no mencionó en su obra a los tres poetas, de los cuales dos trabajan en Somos y el tercero aparece como entrevistado, y no lo hizo porque las plaquetas de aquellos no son demasiado recordables.

¿Qué vino después?... Aprovechando de un periódico –cuya ética evidentemente no comparten– y en un evidente abuso de confianza por tomar un papel ajeno para expresar sus frustraciones, los poetas –habrá que llamarlos así– emprenden una investigación sobre la vida del académico y descubren que, casi 20 años atrás, para costear sus estudios en la Universidad Católica, laboró unos meses en el suplemento literario del Nuevo diario, que pertenecía a un colectivo de intelectuales y entidades progresistas. Años más tarde, periodistas afines a Sendero echaron a los antiguos dueños, se adueñaron del papel y lo usaron con una razón social diferente.

¿Y que deducen de ello los "poetas"? Soplan a medio mundo que el famoso académico es un terrorista, que debe ser investigado por la policía y echado cuanto antes de su universidad. Se olvidan que hace 4 años Mazzotti reunió en Harvard a centenares de científicos sociales y hombres de empresa interesados en las ilimitadas posibilidades del país andino. El prestigioso nombre de quien convocaba atrajo a muchos. E incluso, ministros del estado peruano acudieron a la cita a la que también fue invitado un representante de la empresa propietaria de El Comercio. ¿Un terrorista tratando de levantar la imagen del Perú en el extranjero…? Hay que ser cacaseno para afirmar eso.

Y además hay que ser infame para acusar a alguien de terrorista en un país donde todavía subsisten leyes draconianas y aberraciones procesales que obligan a un ciudadano acusado falsamente a temer largos años de prisión si no logra demostrar antes su inocencia. En el extranjero no hay nada que temer porque las universidades norteamericanas que asilaron a un judío llamado Einstein tienen predilección por los cerebros que nuestros países desprecian, persiguen o arrinconan.

¿Los nombres de los "poetas"? De ninguna forma. Ejecutaron su infamia para ser famosos, y este artículo será leído en 40 países. No les daremos el gusto. Que sigan siendo famosos en algún alcohólico cafetín de su barrio límense donde van los que tienen perdida la fe.

(Apareció también en edición internacional en el semanario Tiempos del mundo, lunes 6 de octubre del 2003, y en Lima en el diario oficial El Peruano, el lunes 13 de octubre del 2003).


2) Respuesta de José Antonio Mazzotti en el suplemento Identidades del diario oficial El Peruano el 5 de octubre del 2003 a los ataques de Somos. 

Lo turbulentos 80

POESÍA Y SOCIEDAD

Escribe: Dr. José Antonio Mazzotti



Resulta imposible ignorar la globalización como un fenómeno de renovada hegemonía boreal con consecuencias funestas en el llamado Tercer Mundo. A la simultaneidad de la información y el cruce de lenguas, imágenes y ritmos; al flujo simbólico y migratorio con las metrópolis nor-atlánticas, corresponden el empobrecimiento, el desmantelamiento de los estados-nacionales y, paradójicamente, la radicalización de sus métodos represivos.
Mirando con la distancia de los años, la vuelta a la democracia formal (y neoliberal) en 1980 y el inicio de la lucha armada de Sendero Luminoso marcaron para siempre a los jóvenes peruanos que surgían a la vida civil alrededor de ese momento. Por eso, dos de los fenómenos traumáticos que se vivieron entonces fueron la violencia generalizada desde ambos bandos, como explica la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, y la masiva migración interna y externa, es decir, el millón de desplazados del campo a la ciudad y el cerca de millón y medio de peruanos exiliados en el extranjero.

Ese desolador panorama alimentó una subjetividad desconfiada, hasta a veces angustiada, inconforme con el orden cultural que sustentaba y era sustentado por un sistema que se venía abajo y no ofrecía a los jóvenes intelectuales de entonces perspectivas laborales ni vitales claras.

En mi reciente estudio Poéticas del flujo: migración y violencia verbales en el Perú de los 80, investigo y reflexiono sobre esta dialéctica compleja y sus efectos en la reciente poesía peruana. Allí trazo el primer ordenamiento comprehensivo de la producción surgida en los 80, y me centro en las cuatro vertientes que considero más importantes. Si bien no me interesa entrar en una definición rígida del concepto de "generación", señalo que algunos de los factores que sirven para una clasificación inicial consisten en la relativa homogeneidad de edades y experiencias, en la aparición impresa, y en la ubicación dentro de iniciativas intelectuales novedosas, cónsonas con los primeros años de la década sangrienta. En tal sentido, resultaría improcedente incluir en el grupo del 80 autores como Mario Montalbetti, Edgar O'hara, Luis Alberto Castillo, José Morales Saravia o Enrique Sánchez Hernani, que desde varios años antes habían aparecido en las revistas Nubetonta y Tallo de Habas  (de la Católica) y Textos (de San Marcos) ambas de 1973-74. Como también sería ignorante incluir en el 80 a una importante voz como Carmen Ollé, que se formó en diálogo con (y militancia en) Hora Zero, grupo representativo de un sector de la llamada "generación" del 70. Si se trata de esto, cabría clasificar más bien como antecedentes  directos del 80 a Montalbetti o a Carlos López Degregori, quien estuvo en La Sagrada Familia (1977-79), lo mismo que Róger Santiváñez y Dalmacia Ruiz-Rosas, que sí dieron el salto hacia un grupo incuestionablemente ochentista, por lenguaje y por fechas, como el Movimiento Kloaka (1982-1984). 

No pretendo repetir punto por punto los argumentos de mi libro, a pesar de que algunos periodistas lo han distorsionado hasta un exceso de lecto-escritura disfuncional tristemente detectivesca. Sin embargo, conviene apuntar lo que sí estudio y el peso que le doy a cada una de las cuatro vertientes mencionadas, con miras a que el público no se deje sorprender y se produzca, Deo volente, un genuino debate intelectual.

En Poéticas del flujo, analizo primero la producción en quechua más acá de las composiciones tradicionales, como el wayñu, el haylli y el harawi, es decir, la poesía quechua escrita en verso libre y con intenciones de una modernidad literaria equiparable a la del circuito dominante o de la poesía "culta" en español. En el primer capítulo, pues, trazo las distancias entre la poesía de José María Arguedas y la de varios autores quechuaescribientes aparecidos en los 80, como Eduardo Ninamango Mallqui, que acusa el deterioro del yo migrante y la inviabilidad de la utopía arguediana en el contexto de un campo sembrado, no de papas, sino de minas y cráneos. En el segundo capítulo me acerco a la obra de seis poetas mujeres, fijando los alcances de su aporte al lenguaje poético peruano y revelando el montaje veladamente sexista que un sector caballeroso del periodismo local ensayó para exaltar a escritoras que no siempre destacaban por su originalidad más allá de la audacia temática, aunque no desmerezco el talento de varias de ellas. En el tercer capítulo analizo la obra de Eduardo Chirinos y Raúl Mendizábal, dos poetas que renuevan originalmente el lenguaje narrativo-conversacional instaurado en el canon oficial desde la llamada "generación del 60". Y en el último capítulo del libro me dedico a presentar y examinar la obra de Domingo de Ramos y Róger Santivánez, dos destacados miembros del Movimiento Kloaka, una agrupación de poetas anarquistas y libertarios cuyo mejor aporte fue la disolución del lenguaje narrativo-coloquial dentro de estilos que fraccionaban el discurso en todos los niveles de composición (fonéticos, morfológicos, sintácticos, etc.). Tan sencillo esquema se remata con una reflexión sobre el devenir de la poesía peruana del circuito "culto" en la era de la nueva globalización, con los consiguientes flujos de lenguaje y de formato que aporta la simultaneidad de la multiinformación mediática y los viajes reales o imaginarios de cientos de miles de jóvenes peruanos en busca de mejores horizontes.

Como se ve, se trata de una clasificación que deja afuera a muchos autores (valiosos algunos y de los otros los más), pero ésa es precisamente la función de la crítica literaria, más aún si se da dentro del género de la "crítica parcial" que defendían Baudelaire y José Carlos Mariátegui, según se establece en mi libro. El "proceso" de la poesía peruana no puede ser una simple yuxtaposición de nombres sin valoraciones justificadas más allá de la amistad. El término "proceso" tiene también un sentido jurídico, y por lo tanto constituye un testimonio de parte, pero no por eso deja de ser coherente y riguroso, características mínimas de la crítica profesional. El hecho de que no haya considerado a muchos autores coetáneos de los (alrededor de) quince estudiados se debe simplemente a que no encuentro mayor aporte en su producción como para registrar el impacto de la globalización, la violencia política y la migración masiva. En tal sentido, un botón: uno de los muchos poetas olvidables tiene versos como "¿a quién le importan mis cagadas?" (en el libro Sacrificio, de Alonso Ruiz-Rosas). Me pregunto si por el simple hecho de ser contemporáneo de los analizados su lenguaje constituye un aporte fuera del ya trasnochado conversacionalismo imperante desde la década del 60. No bastan, pues, la edad ni las publicaciones sincrónicas para estar imbuido de la nueva subjetividad y la dicción original. 

Se trata principalmente de hacer crítica de poesía y, como sabe cualquier buen conocedor, la poesía es ante todo un hecho del lenguaje. Las anécdotas laborales o personales de los protagonistas sólo importan en la medida en que tengan influencia directa sobre la producción textual. Así, la aglutinación que significó el desenfadado suplemento de contra-cultura AsaltoalCielo en 1986, derivó luego en la experiencia de la editorial artesanal del mismo nombre, donde aparecieron la antología La Última Cena (equivalente de lo que serían Los nuevos para el grupo del 60 y Estos 13 para el 70) y por lo menos veinte títulos más hasta el día de hoy, incluyendo obras de poetas como Jorge Frisancho, Juan de la Fuente, Marcela Robles, Rafael Dávila-Franco, Pedro Granados, Luis Chávez, Fernando Obregón, Tatiana Berger, Doris Bayly, Paolo de Lima, Luis Fernando Chueca, etc., etc., etc., entre otros autores, todos de calidad,  que no necesariamente aparecen en el análisis de Poéticas del flujo, por muy variadas razones.

El Perú ha sido siempre un país muy complicado, pero no por eso menos fascinante. Y las luchas intrageneracionales no son en absoluto novedosas. Ya Pierre Bourdieu había dedicado sabias páginas a describir cómo en el interior de la institucionalidad intelectual hay una permanente disputa por el campo simbólico y un constante reordenamiento de las relaciones de poder. De ahí que las discrepancias deban canalizarse dentro de los límites de la especialidad. Por lo mismo, recordemos que para entrar al parnaso no se necesita ningún otro pase que la calidad textual. Al saltarse esa valla, se convierte el aspirante en un simple convidado de piedra, que termina siendo expulsado por su propia imposibilidad de mantener una altura mínimamente apreciable en la articulación artística (o periodística, en este caso) de sus planteamientos ideológicos. He ahí la fuente de los desesperados intentos de los detractores de Poéticas del flujo para desviar la atención del debate intelectual aprovechando el clima de persecución que ellos mismos —interesadamente— fomentan entre el público. 

Eche el lector de poesía una mirada a mi libro, y verá de qué estamos hablando.

Cambridge, Massachusetts, 29 de setiembre del 2003.


Monday, December 14, 2020

MATERIALES PARA LA HISTORIA DE LA POESÍA PERUANA XI: LA LETRA EN QUE NACIÓ LA PENA

La “polémica” alrededor de la antología La letra en que nació la pena (Lima: El Santo Oficio, 2004) de Raúl Zurita y Maurizio Medo




Materiales:

1) Reseña de José Antonio Mazzotti publicada originalmente el lunes 7 de marzo del 2005 en el suplemento cultural Identidades del diario oficial El Peruano, Lima. Debe señalarse que Mariela Dreyfus no fue una de las poetas incluidas en dicha antología (ver su respuesta a esta reseña más abajo).

La reseña de Mazzotti fue reproducida en el portal chileno letra.s5

Aquí el texto:

Poetizar la tragedia: a propósito de una muestra señera

Por José Antonio Mazzotti

La reciente publicación de la antología de poesía peruana La letra en que nació la pena (Lima: El Santo Oficio, 2004), de los poetas Maurizio Medo y Raúl Zurita, sirve de excusa perfecta para la breve reflexión de las páginas que siguen. Y a la vez, quizá, de disculpa, ya que hablar de poesía peruana es tan ambicioso que se podría correr el riesgo de nunca acabar. Por eso, aquí me interesa centrarme en dicha "muestra", como sus autores la califican, pues marca una inflexión importante en la conceptualización de un corpus tan variado como polémico.

Pero empecemos por aclarar algunas pautas. Ese ejercicio cultural que suele entronizarse como "poesía peruana", a secas, ha pasado por siglos de criba etno-criolla que derivan en el anulamiento siempre frustrado de otras formas de producción no menos poética. Me refiero, obviamente, al océano de las oralidades en lenguas indígenas y en castellano popular, así como a las formas escritas en dichos idiomas y sus sociolectos, que no esperan por oficializaciones lingüísticas para asumirse como parte de una amplia nacionalidad o, incluso, para circular a espaldas de una nacionalidad. Esta conciencia de las heterogeneidades asimétricas del quehacer verbal (cónsonas con otras asimetrías sociales y económicas harto sabidas) le ha dado a la "literatura peruana", en general, una tensión que hasta hoy no se conjura.

Tal como el país está marcado por esas diferencias internas y sus sistemas literarios coexisten en rango de desigualdad, la poesía "culta" u "oficial" (la que corresponde a la franja de intelectuales occidentalizados, en su inmensa mayoría monolingües) recoge las particularidades cotidianas que marcan la aventura no sólo de vivir en el Perú, sino de vivir el Perú, dondequiera que se habite. Por eso es importante reconocer que un sector importante de las letras peruanas se produce en el exilio, y que esa condición favorece descentramientos subjetivos que enriquecen la mirada sobre las identidades colectivas que se dejaron atrás. En otras palabras: mirar el bosque en vez de sólo el árbol nos permite entender las dimensiones de la tragedia de una manera más diatópica y diacrónica. No por nada los autores peruanos en el extranjero (que nada más en los Estados Unidos ya llegan por lo menos a cuarenta, según una reciente encuesta realizada en coordinación con Isaac Goldemberg) aparecen de manera profusa en la antología. A la vez, y sin salir del territorio peruano, y merced a la tan mentada globalización, muchos de los poetas jóvenes prefieren mirar hacia otras tradiciones y echar mano de los medios de comunicación propios de la juventud urbana (como el "chateo", la estructura hiperdialógica de la comunicación electrónica, y la siempre inevitable oralidad).

En sus respectivos prólogos a la muestra de veinticuatro autores contemporáneos, Maurizio Medo (poeta peruano aparecido en la década del 80, con ocho libros publicados, y habitante del in-silio arequipeño) y Raúl Zurita (poeta chileno ligeramente anterior, internacionalmente reconocido, y de diáspora constante) se encargan de explicar los criterios de su selección. Lo primero que hay que notar es el corte temporal: 1970-2004. ¿Por qué treintaicuatro años y no veinte o cincuenta? ¿Por qué comenzar en 1970, en todo caso? 

Retomando la historia

Para entrar en autos y recordar las premisas básicas de la reflexión, cabría señalar que es la década del 70 la del último intento de lograr una modernidad en el Perú desde un estado paternalista. Son los años de la llamada "revolución peruana" bajo la égida de los No Alineados durante el gobierno del general Velasco Alvarado, que le dio la estocada final a la distribución latifundista de la tierra y a toda una oligarquía supérstite de lo que los historiadores Manuel Burga y Alberto Flores Galindo llamaron "la República Aristocrática". Si bien este concepto se aplica plenamente a las tres primeras décadas del siglo XX, no deja de tener repercusiones tardías hasta la Reforma Agraria velasquista de 1969. A la vez, esos mismos sectores atacados por el reformismo velasquista, se regenerarían bajo otras modalidades de producción, reinsertándose en un sistema económico igualmente (an)globalizado.

Ahora bien, y sin intenciones de caer en una simplificadora teoría del reflejo, fue en 1970 que se dio a conocer una de las últimas versiones de la vanguardia revitalizada, el Movimiento Hora Zero. Los poetas de ese grupo, en su mayoría provincianos, proclamaron a través de manifiestos y diversas formas de activismo la decadencia de la poesía anterior, de sus representantes cómplices de la escandalosa explotación que al fin se empezaba -según creían- a superar en esos años de profundo entusiasmo. Solamente rescataban a Vallejo y al joven poeta guerrillero Javier Heraud, asesinado en 1963. Asimismo, proclamaban la vigencia del estilo conversacional y de una concepción escritural llamada por ellos "poesía integral", que debía recoger todos los materiales pertinentes para la elaboración del poema, los sonidos de la calle, los murmullos de la ciudad, o los recuerdos del terruño. Hay que decir también que Hora Zero no fue el único fenómeno poético de esos años. Hubo muchos otros autores que de manera individual (José Watanabe, Abelardo Sánchez León, Elqui Burgos, por ejemplo) publicaron con constancia y sin tanto barullo. La antología que editó José Miguel Oviedo con el título faulkneriano de Estos 13 (1973) daba cuenta de que algo reciente había aparecido hacía muy pocos años y que merecía la atención de la crítica "oficial".

Han pasado los años y ahora empiezan a revisarse las clasificaciones que se ensayaron entonces. Para amparar la novedad de la propuesta horazeriana y el surgimiento de sus coetáneos, se empezó a hablar de una "generación del 70". La operación era bastante lógica. Ya se había clasificado a la enorme pléyade de intelectuales (no sólo poetas) surgida veinte años antes como "generación del 50" (un grupo en el que destacan, en poesía, Jorge Eduardo Eielson, Washington Delgado, Javier Sologuren, Blanca Varela, Carlos Germán Belli; en narrativa, Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro; en crítica y ensayo, Antonio Cornejo Polar; entre muchos otros). Asimismo, en los 60 habían aparecido poetas de visibilidad internacional temprana (Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza, el ya mencionado Javier Heraud) y novelistas como los del grupo y la revista Narración (dentro y fuera de ella, Antonio Gálvez Ronceros, Roberto Reyes Tarazona, Gregorio Martínez, Augusto Higa, Eduardo González Viaña). Para poder diferenciarlos de los anteriores, se habló de una "generación del 60". En poesía, varios de esos autores se agruparon bajo la emblemática muestra Los nuevos, editada por Leonidas Ceballos (1967). Nada menos propicio, entonces, que proclamar poco después, en contraposición no sin visos fratricidas, el surgimiento de una "generación del 70" a principios de ese decenio, marcado en términos históricos por la ampliación del estado nacional y la modernización vertical desde el ímpetu velasquista. Nótese, sin embargo, en los tres grupos, la escasa presencia de mujeres. No porque no las hubiera, sino porque con pocas excepciones entraban en las antologías u ocupaban un lugar destacado en las historias literarias. Hasta cierto punto, la reflexión crítica sobre el quehacer literario seguía las pautas de una tradición falocéntrica y misógina, que concebía el sujeto poético como eminentemente masculino y, por lo tanto, no encontraba (salvo en las notables excepciones de Blanca Varela, María Emilia Cornejo y Carmen Ollé) ejemplos equivalentes a los varoniles.

Pues bien, como sin duda se recuerda, el proyecto de la "revolución peruana" empezó a ser desmantelado desde fines de la misma década del 70, que en el contexto latinoamericano coincidía además con la entrada del modus operandi neoliberal (privatizaciones masivas, pérdida de derechos laborales, galopante globalización mediática, flujo transnacional de capitales, deterioro de los estados nacionales). A la vez, en el Perú, se regresaba a la democracia formal con las primeras elecciones libres después de diecisiete años, y se entraba en el remolino de la peor violencia política que había visto el país en el siglo XX: el inicio de las acciones armadas de Sendero Luminoso y la reacción oficial consiguiente, en lo que constituyó una nueva versión de la guerra sucia ya vivida en Chile, Uruguay, Brasil y Argentina. De 1980 a 1992 se experimentó tal angustia en tantos frentes (el económico, el político y, sobre todo, el moral) en el Perú, que sólo ahora se están empezando a ver las dimensiones de la catástrofe, en parte gracias al informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (2003) que señala que hubo cerca de 70,000 desaparecidos y muertos producidos por los grupos guerrilleros y por la respuesta no menos violenta del estado.

Durante esos mismos años se hablaba en las esferas literarias de una "generación del 80". Nada sorprendente, este "tic" de la crítica reconocía al menos la aparición numerosa de poetas mujeres (algunas de ellas con una preocupación central por la temática erótica y corporal); la exacerbación del estilo conversacional hasta los límites de un lenguaje lumpenizado (como en algunos poetas del grupo Kloaka); y la transformación creativa del narrativismo de los 60 y los 70 con ingredientes del rock y de la erudición literaria más borgesina posible. A la vez, se hacían manifiestas algunas de las tendencias más notorias del arte occidental y su crisis de conciencia, al par de los desencantos con los grandes proyectos polítcos y las narrativas de progreso social. Poco después, cuando surgieron otros poetas y grupos, se empezó a hablar hasta de una "generación del 90" y, más recientemente, para seguir con la tradición del sobredimensionamiento periodístico, de una "generación del 2000".

Reformulando el canon

La letra en que nació la pena se propone dar cuenta de lo irrisorio de esta proliferación de "generaciones" y a la vez llamar la atención sobre la terrible incongruencia que es escribir y "nacionalizar" todopoderosamente una poesía escrita en una lengua que es herencia de los conquistadores, más aún cuando no deja de ser visible lo que la historiadora norteamericana Brooke Larson ha calificado de "colonialismo interno", reafirmando la vieja tesis mariateguiana sobre el Perú como un país "no orgánicamente nacional". (No hablemos por ahora de postcolonialidad, pues este concepto no siempre es coherente con la fallida construcción de estados nacionales por los descendientes de los europeos y en contra de los mismos sujetos que sufrieron directamente la peor parte de la dominación colonial, es decir, los grupos indígenas, mestizos y africanos).

Maurizio Medo, en su texto introductorio, por ejemplo, reconoce que existe una comunidad de lenguaje bastante clara entre la "generación del 60" y la "del 70". Considera, por eso, la validez de la propuesta del poeta Antonio Cillóniz (expresada por primera vez en el Segundo Congreso Internacional de Peruanistas en Sevilla, en junio del 2004) de que, si de generaciones se trata, más útil resulta hablar de una "generación del 68" que de dos generaciones que tienen más diferencias de matiz y de decibeles que desavenencias de fondo. Esto deja espacio para la articulación de unidades mayores basadas en el común tratamiento del lenguaje (por lo general conversacional) y en las expectativas ideológicas modernizantes (esperanzas de un estado nacional, simpatía por el socialismo, confianza en la historia progresiva, por último). A la vez, entre los más jóvenes, se derrumba la pretensión hipertrofiada de crear tres generaciones en veinte años (del 80 al 2000), para insistir más bien en el rasgo común que se inicia claramente en el año emblemático de 1980: la dispersión de lenguajes (como ya han señalado en sendos artículos Luis Fernando Chueca y Eduardo Chirinos), el descentramiento de los sujetos de escritura, el desmembramiento esquizoide de las voces hablantes "nacionales". Y esto incluso sin considerar lo que ya se hace imposible de negar: la supervivencia y fortalecimiento de un circuito de escritura en lenguas indígenas (principalmente en quechua) y de las múltiples oralidades que ejercen creativamente sus propios patrones estéticos.

Por su lado, Raúl Zurita se pregunta "¿existe algo como la poesía de un país?". Y nada más cierto, pues la antología pretende encontrar una comunidad de sentido a la producción peruana más allá del simple accidente de haber nacido sus autores dentro del territorio peruano. La respuesta que Zurita ofrece no puede ser más convincente: "si existe lo que hoy llamamos poesía peruana -afirma- es únicamente porque a ella le tocó reiterar un modo de la tragedia, ser en sí esa tragedia y mostrarnos como ninguna otra en estos territorios, la historia de una imposición y las marcas incanceladas de su violencia". Es decir, la tragedia de la historia peruana, una y otra vez repetida desde la masacre de Cajamarca en 1532, representada en el no-diálogo entre el Padre Valverde y el Inca Atahualpa, y desde la ejecución de Túpac Amaru I en 1572, al que le leían las razones para su ejecución sin que pudiera entenderlas por estar en un idioma extraño, hasta las miles de muertes ocurridas a fines del siglo XX, sea por violencia directa o por violencia estructural. Esta tragedia aparece una y otra vez en una poesía que no deja de bajar "las gradas del alfabeto / hasta la letra en que nació la pena", como decía Vallejo. El "modo de la tragedia" que se da en el Perú es peculiar de esta poesía, sin que eso signifique, naturalmente, que no haya tragedias igualmente dolorosas en otros contextos latinoamericanos.

Si bien siempre pueden discutirse algunos pocos nombres que quizá no representan mejor que otros no incluidos el sentido de esa tragedia (se extraña, por ejemplo, la presencia de Eduardo Chirinos y de más voces jóvenes, frescas, como las de Montserrat Álvarez y Victoria Guerrero), esta muestra de poesía peruana es un termómetro valioso de las tensiones de una sociedad lacerada y, a la vez, un cuestionamiento serio, desde la conciencia crítica de dos voces poéticas señeras, de un canon adormecido y urgentemente necesitado de reformulación. En tal sentido, la selección funciona a manera de canto colectivo y no necesariamente armónico de esa tragedia que es la vida peruana, al menos para el 90 por ciento de sus habitantes. Imposible descansar en una sola voz el peso incontenible de una historia que se repite, pero cada vez de manera más exagerada, incluso en sus manifestaciones discursivas. No sorprende, por ello, que haya habido reacciones viscerales de parte de algunos de los excluidos, como suele pasar cada vez que aparece una antología. Se cuenta, incluso, del llanto público de una no tan joven poeta neo-neoyorquina ante su ausencia en el radar de Medo y Zurita, y de las cartas del nórdico marido de otra poeta excluida acusando a uno de los antologadores de no tener papel alguno en la empresa. No hablemos ya de los subproductos del "montesinismo" en la cultura peruana vía internet en manos de algunos periodistas de clara vocación policial. Todos estos son síntomas de los años de deterioro moral del fujimorismo y del ascenso pírrico de algunos ex escritores de izquierda al aparato ideológico de justificación de la violencia oficial. En tal sentido, las tensiones que la antología recoge se expanden hasta el terreno de la recepción y la reacción en la lucha por el protagonismo institucional, cada vez menos dependiente de los monólogos autoritarios y sus defensores.

Para hablar de poesía peruana, entonces, nada mejor que mirar las últimas propuestas, como la de esta muestra, y bajar las gradas del alfabeto, a pesar del riesgo de caer en el abismo o recibir las pedradas, tan comunes, de la local complacencia. La letra en que nació la pena, sin ser perfecta, es un importante paso adelante en el cuestionamiento de los viejos esquemas clasificatorios de una crítica a la que, a todas luces, le hace una "falta sin fondo" (siguiendo con Vallejo) la urgente y siempre incómoda incorporación de la mirada y la imaginación poética para ponerse al día con esa misma poesía que le sirve de objeto de estudio. Sirvan estas líneas, pues, para provocar aun mayores ansiedades.


2) Réplica de Mariela Dreyfus a la reseña anterior. Apareció en el suplemento Identidades, del diario oficial El Peruano, una semana después, el 14 de marzo del 2005:

Poesía peruana actual: ni etiquetas ni guetos   

 Por Mariela Dreyfus

[N. de R.:] El análisis de la poesía peruana actual, emprendido por el crítico José Antonio Mazzotti en el número anterior de Identidades, exige según el presente artículo una rectificación. Se trata, como advertimos ya en el número pasado, de un campo de análisis difícil y que se confunde, agregamos hoy, con elementos de carácter personal, en donde los protagonistas son muchas veces jueces y parte.

El pasado lunes 7, en esta misma sección (identidades 80), se publicó el artículo “Poetizar la tragedia: a propósito de una muestra señera”, firmado por José Antonio Mazzotti, en el que se alude a mí con epítetos no sólo ofensivos, sino falsos. El malévolo comentario no menciona directamente mi nombre y, por lo tanto, podría pensarse que se refiere a otra poeta ya que, por si no lo sabe el propio Mazzotti, actualmente residen en Nueva York por lo menos tres escritoras peruanas más, contemporáneas mías, cuyos nombres no viene al caso revelar aquí. Pero demás sé –y no lo escondo– que el motivo de ese comentario es una carta que le escribí recientemente a Maurizio Medo, encargado, junto con el poeta chileno Raúl Zurita, de la antología La lengua en que nació la pena (Lima: El Santo Oficio, 2005). 

Revisando los términos utilizados por Mazzotti para referirse sesgadamente a mí, debo decir que, en primer lugar, el tono de mi carta a Medo no era en absoluto lacrimógeno (no veo, por eso, dónde está el “llanto”); más bien, tenía ese carácter contundente y hasta visceral, con el que hace falta enfrentarse a la necedad ideológica y a la mezquindad intelectual de nuestros días. En su artículo, Mazzotti menciona también que soy una poeta “no tan joven” y me llama, con la típica chacotería que despliegan sus últimos textos periodísticos, “neo neoyorquina”. En cuanto a lo primero, no veo por qué la edad de una persona –hombre o mujer– deba considerarse como un criterio de valor –o disvalor. En este comentario, Mazzotti más bien parece adherir a esa idea, popularmente extendida y de raigambre machista, según la cual, con los años, las mujeres envejecemos, mientras que los hombres apenas “pintan canas” y, eventualmente, ganan en sabiduría, siempre y cuando no terminen convertidos en inefables viejos verdes. La incorrección política y el mal gusto son tan obvios en esta frase, que no voy a extenderme en comentarla.

Lo que sí considero inaceptable es el constante afán de Mazzotti por las etiquetas; como si no le bastara con insistir en llamarnos, como lo hace en diversos artículos y prólogos, “las poetas del cuerpo” o “las poetas eróticas”, el limeñísimo ingenio mazzottiano pretende ahora acuñar un nuevo gentilicio, el de “neo neoyorquina” y endilgármelo a mí. Me pregunto si su próximo paso será, en concordancia con su afán de novedad, utilizar el término de “neo parisino” para referirse, por ejemplo, a Vallejo, Moro y Ribeyro; o el de “neo italiano” para aludir a Eielson. Al respecto, quiero decir que resido en Nueva York desde hace quince años, exactamente un tercio de mi vida, ya que jamás he ocultado mi edad. Allí he sido invitada, en calidad de poeta peruana, a numerosos recitales y ciclos poéticos organizados en prestigiosos centros universitarios como Sarah Lawrence College; Barnard College; Columbia University; New York University; City University of New York (CUNY), así como en otros foros y escenarios, entre ellos, Americas Society, Centro de Cultura Dominicana y PEN Club of New York.

Por eso insisto en que el hecho de haber elegido a Nueva York como mi lugar de residencia, no significa, en absoluto, haberme despojado de mi nacionalidad ni haberme asumido, alguna vez, como neoyorquina. Lo cierto es que, en esta ciudad maravillosamente cosmopolita y multicultural, pertenezco a una comunidad intelectual, la de los escritores latinoamericanos que aquí viven, producen, enseñan, y con los que mantengo, desde siempre, un diálogo abierto, amistoso, incondicional. Sólo para mencionar a algunos, cito a Cecilia Vicuña, de Chile; María Negroni, Susana Reisz, Mercedes Roffé y Lila Zemborain, de Argentina; Carmen Valle, Lourdes Vázquez y Pedro López-Adorno, de Puerto Rico; Sonia Rivera-Valdés y Jacqueline Herranz, de Cuba; Alejandro Varderi, de Venezuela; Eduardo Mitre, de Bolivia; Ernesto Mora, Isaac Goldemberg, Walter Ventosilla y Jorge Ninapayta, del Perú.

Mi objeción a la antología de Medo y Zurita se debió a que entre los poetas considerados, es a todas luces visible la ausencia de varias escritoras importantes, sobre todo considerando que, como afirma Mazzotti, en las últimas décadas es notoria la presencia de las mismas en el panorama nacional. Si, según Mazzotti, el criterio para la selección ha sido incluir a poetas cuya obra refleja y da testimonio de la violencia y la pena de los duros años peruanos de 1970 en adelante, la exclusión de estas autoras se vuelve todavía más tendenciosa o, incluso, flagrante. Digo esto porque tanto “el desmembramiento esquizoide de las voces....” (Medo dixit), como “las marcas incanceladas de la violencia” (Zurita dixit), están claramente presentes y hasta sirven de sustento a los poemarios O un cuchillo esperándome, de Patricia Alba, y Zona Dark, de Montserrat Álvarez, que reflejan, cada uno a su modo, la paranoia y la violencia del diario transcurrir en Lima, ciudad sitiada. Del mismo modo, los conjuntos Cisnes estrangulados, de Victoria Guerrero, y Mariposa negra, de Rocío Silva-Santisteban, dan testimonio de la imposibilidad del amor y de la solidaridad, así como de la dureza que permea no sólo el macrocosmos social de la ciudad, sino los niveles más íntimos de la diaria convivencia y que afecta “al noventa por ciento de los peruanos”.

Mazzotti insiste en leer –y arrinconar– a esta nómina bajo la etiqueta de “las poetas eróticas”, sin reparar en que escribir desde el cuerpo es un acto altamente político, sobre todo cuando dicho leitmotiv sirve, como en el caso de estas autoras, para cuestionar y hasta subvertir, con eficacia y altura poéticas, los roles sexuales y la ideología fuertemente falocéntrica de la sociedad peruana, fenómeno que justamente sirvió para justificar los más terribles abusos a la dignidad y a los cuerpos de incontables mujeres durante los años de la “guerra sucia”. 

Por otra parte, si de las “heterogeneidades asimétricas del quehacer verbal” se trata, pienso de inmediato en tres poemarios cuyo punto de partida es el rescate poético de importantes minorías de nuestra sociedad, históricamente postergadas y víctimas muchas veces directas de la violencia política y de la crisis económica de las últimas tres décadas. Me refiero en primer lugar a Abajo, sobre el cielo, de Roxana Crisólogo, donde vibra ese concierto polifónico de voces de los desposeídos que acordonan la ciudad desde el arenal de San Juan de Miraflores; inmigrantes andinos –o sus hijos– y por lo tanto, usuarios recientes de la lengua impuesta, el español. También está ahí, Chambala era un camino, de Doris Moromisato, crónica poética de una descendiente de inmigrantes japoneses pobres, jornaleros “enganchados” en una hacienda cercana a la señorial Lima; o Lo que no veo en visiones, de Ana Varela Tafur, que nos presenta, desde la perspectiva de lo real maravilloso, el universo, todavía claramente ausente en la literatura canónica del Perú, de las poblaciones mestizas de la región amazónica. 

Mazzotti debe saber, como investigador bien informado que es, que el año pasado fui incluida, precisamente en calidad de poeta peruana residente en Nueva York, en Mujeres mirando al sur. Antología de poetas sudamericanas en USA, a cargo de la escritora y catedrática argentina Zulema Moret (Madrid: Torremozas, 2004). Se trata de una antología sólida, que consta de un prólogo dilucidador y que reúne a un total de diecisiete autoras; las otras dos poetas peruanas incluidas en el volumen, son Victoria Guerrero y Rocío Silva-Santisteban. Como parte del proyecto, Moret incluyó una entrevista de formato libre, en la que las autoras debían elaborar en torno a su trayectoria poética y vital, a partir de una serie de palabras que ella nos entregó, entre otras: nómada, residencia, mujer, lengua, lecturas, memoria, trampa, frontera. Considero que las secciones cuatro y cinco de mi texto, “Pero una palabra tuya”, donde reflexiono respecto a lo que significó vivir mi adolescencia y parte de mi vida adulta como escritora en el Perú, así como el fragmento final, donde trato de explicarme mi tensa e intensa relación con la ciudad de Nueva York, son finalmente mi mejor respuesta, desde la poesía, al sesgado y malevolente comentario de Mazzotti.

PERO UNA PALABRA TUYA

CUATRO

Quiero pararme de la cama, salir de mis quince años, de mis miedos. Rodeada de Camus, de Faulkner, de Varguitas, improviso una fiebre y cierro las cortinas al gris cielo de Lima. Me evado de la escuela me evado de las calles me evado de mí misma: conozco sé presiento que siempre viviré en la frontera.

CINCO

¿Cuánto tiempo se padece un país, su histórica mentira, las trampas que nos tiende la política? Llevo a Lima en la piel, en la tarde cansada donde caen y mueren lentamente los sueños. Nómada de mi ciudad, la recorro y la odio con ternura: plazuelas de su centro donde vuelan palomas o reza una beata o canta un borrachín; húmedos parques o estadios donde los cuerpos verticales se rozan; avenidas del cloro donde los jóvenes gozan o protestan rodeados de ese humo que sigiloso brota tanto así de los porros como de la policía. Brumosas glorietas de Magdalena, puentecito escondido de Barranco, altas veredas de Lince, estrechos callejones de Breña, mar no tan azul de Miraflores: me desvinculo –sólo por hoy–de vuestros nombres, de vuestros círculos de herrumbre y soledad.

SEIS

Tejido de voces tejido de lenguas tejido de cuerpos: atestados en la humedad ardiente del verano llevando un sombrero un abrigo dos guantes contra el azote lacerante del invierno. ¿Qué fue lo que perdí en esta ciudad? Una ambición alta como una torre un deseo insomne y acuciante como un río un amor contundente y sombrío como un puente. Se abren se cierran los vagones el vaho de las veredas me transporta me hieren las anchas avenidas sus más finas vidrieras. Verde glauco los árboles de otoño verde agua la cúpula oxidada verde oscuro el sello de este dólar. Imposible fijar una ciudad que es más bien una isla que es más bien un tinglado: en el neón de Manhattan me pierdo me recupero en la sospecha de mis cuatro conciencias; en la certeza de que allí, en el vértigo puro de su caleidoscopio, puedo otra vez negarme y afirmarme, diluirme hasta permanecer.


3) Contrarréplica de José Antonio Mazzotti al texto anterior de Mariela Dreyfus, en el mismo suplemento Identidades, del diario oficial El Peruano, 14 de marzo del 2005:

Una respuesta 

Por José Antonio Mazzotti

Para que el público sepa de dónde parte la alusión en que la poeta Mariela Dreyfus se autorreconoce en mi artículo sobre la muestra de poesía peruana La letra en que nació la pena, veamos el mensaje que ella le escribió al antologador Maurizio Medo el 3 de febrero último. Allí le cambia el nombre y lo convierte en insulto digno de mejor estómago:

“Apreciado Pedo [sic]:

En tu selección de poetas para la muestra “La lengua [sic] en que nacio la pena” (la pena de tenerte como poeta, la pena de tenerte como antologador), se nota la mano misógina y artera de Mazzotti, siempre presto (Harvard o no Harvard) a rodearse de títeres y a canjear favores a nombre del “machinario” local e internacional (la pena de tener a Zurita en esta empresa). Pero tu olvido voluntario (de ciertos nombres, de ciertas obras) NO NOS BORRA, NO PODRÁ BORRARNOS del escenario poético peruano, ni ahora ni después: Se lo dices de mi parte a Mazzotti? Pero mejor se esperan: ya vienen llegando, ya llegan, nuestras nuevas, maravillosas entregas, todavía MEJORES que todo lo anterior. Contra las aves negras del oscurantismo (o sea, vous). La poesia pura (o sea, nous)”.

Hasta aquí el mensaje de marras. Nótese la obsesión de Dreyfus con “la lengua”, pues la antología se titula La letra en que nació la pena (tomando un verso de Vallejo), no La lengua en que nació la pena. ¿Qué nos revelará esta errata? Mi reseña-ensayo sobre la muestra señala en un momento: “No sorprende, por ello, que haya habido reacciones viscerales de parte de algunos de los excluidos, como suele pasar cada vez que aparece una antología. Se cuenta, incluso, del llanto público de una no tan joven poeta neo-neoyorquina ante su ausencia en el radar de Medo y Zurita”. Las tres líneas de alusión a Dreyfus (cuyo nombre, por evitarle vergüenza, omití) han generado páginas de queja y autoglorificación que la poeta emprende ahora sin cortedad. Si le molesta no ser tan joven y atribuir a los varones en general el “pintar canas” y convertirse en “viejos verdes”, me alegro de no estar en la lista de hombres con los que guarda trato diario. A la vez, el ser “neo-neoyorquina” no es de ninguna manera “chacotería” ni “malevolencia”, es una simple alusión geográfica que no implica abandono de lealtades “nacionales” como parecería preocuparle. Hay cerca de dos millones de peruanos en los EE UU que no se alteran por asumir nuevas identidades y que pueden libremente ser peruanos y “latinos” de forma simultánea.

Felicito a la poeta Dreyfus por su nutrido curriculum vitae y por las múltiples invitaciones que recibe. Quizá por estar demasiado acostumbrada al agasajo, incurre en la diatriba a los antologadores y a este autor (“mano misógina y artera”), en atribuirme a mí una autoría que nunca tuve con la muestra, y en citar mal al admirado Vallejo. Quizá no debí escribir “llanto público”, sino simple ex abrupto androfóbico y esfuerzo incomparable por entrar a mansalva en cuanta reflexión y selección se haga de la poesía peruana. Quizá, en fin, no le bastaron las numerosas páginas que le dedico a ella y a otras cinco poetas peruanas en mi libro Poéticas del flujo, sobre la poesía de los 80, publicado por el Congreso de la República el 2002. Invito al público a leerlo.

José Antonio Mazzotti

DNI 06350301

[El libro al que alude Mazzotti puede descargarse completo a través de este enlace:

Poéticas del flujo: migración y violencia verbales en el Perú de los 80 (2002)

El capítulo sobre las poetas mujeres es el número 2].


4) Otra reseña de José Ignacio Lopez Soria, aparecida en el portal Letras el 4 de diciembre del 2004

La letra en que nació la pena, reseña de José Ignacio López Soria

"Tengo para mí que la poesía peruana recogida en esta muestra, precisamente por dar forma expresiva a las penas consumadas y las búsquedas inconclusas que nos vienen de lo más profundo de nuestra experiencia histórica, consigue decirnos mucho no sólo de nosotros mismos sino de lo humano, porque lo humano -y hay que decirlo en alta voz para lo oigan los predicadores de universalismos y los prometedores de paraísos homogéneos- no se da sino como particularidad, y nuestra particularidad, precisamente por la densidad de sus penas, la opacidad de sus búsquedas y, añado yo, la heterogeneidad de sus lenguajes, expresa como pocas la condición humana".


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